Drogas ¿Un mal necesario del Rock and Roll?

Hace apenas un par de días, el mundo del Rock se despertó con la noticia de la muerte de Wayne Static, el músico estadounidense mejor conocido por haber sido el frontman y guitarrista de la banda de Metal Industrial Static-X. Al momento de escribir esta columna, no se han revelado mayores detalles acerca de los motivos de su fallecimiento, pero fuentes allegadas al músico apuntan hacia un posible abuso de drogas. Y aunque la muerte de Static resultó un shock totalmente inesperado, la probable relación entre su partida y las drogas dista mucho de ser sorpresiva. Después de todo, nuestra psique colectiva indica que morir por una sobredosis de drogas es un riesgo ocupacional asociado a ser un rockstar y completamente aceptable. Los electricistas mueren electrocutados, los corredores de fórmula 1 entre llamas y hierros retorcidos, los rockstars mueren por drogas: esa es la manera en la que funciona el mundo.

La lista de músicos y estrellas de rock que han encontrado el fin de sus días gracias al abuso de sustancias es interminable. Las drogas se han llevado a las más grandes leyendas, como Elvis, Hendrix, y Janis Joplin. Las drogas han dejado vacíos increíblemente difíciles de llenar en bandas como The Stooges,  Sex Pistols, Thin Lizzy, The Grateful Dead, Def Leppard, Hole, Blind Melon, The Smashing Pumpkins, Alice in Chains, The Ramones, Quiet Riot, Slipknot, Weezer, War y muchas más. Carajo, las drogas se llevaron prácticamente a la mitad de The Who.

Y sin embargo, quizá son un mal totalmente necesario. Desde los albores del rock, incontables músicos han usado sustancias para “expandir su mente” –término muy de moda en los sesenta- apoyándose en ellas como auxiliar en la creación de algunos de sus mejores trabajos. Tomemos como ejemplo a The Beatles; La historia del cuarteto de Liverpool está irremediablemente asociada a las drogas, desde la Fenmetrazina que tomaban en sus días de boy-band, pasando por la mariguana que Bob Dylan les dio a conocer, hasta las sustancias psicotrópicas de los sesenta. ¿Alguien concibe el nacimiento de trabajos seminales como “Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band” o su álbum homónimo -conocido como el “White álbum”- sin el consumo de sustancias?

Pero la asociación creativa entre las drogas y el rock no se limita a época o género alguno y no es exclusiva de esas décadas -60s y 70s- en las que todo el mundo las tomaba. En los ochenta prácticamente todas las bandas de hair metal vivían bajo la dieta de Sexo, Drogas y Rock and Roll. Los primeros ejemplos que vienen a la mente son -por supuesto- Guns n’ Roses y Mötley Crüe. En cuanto a las pistolas y rosas, resulta impensable concebir la creación del mejor álbum de su carrera, el "Appetite for destruction", sin los legendarios abusos de sustancias y alcohol que rodeaban a la banda –basta escuchar tracks como “Mr. Brownstone” y “Welcome to the jungle” para darse cuenta de la importancia que las drogas tuvieron al momento de componer el disco. Y no es nada aventurado suponer que gran parte del éxito de Mötley Crüe tiene que ver con su imagen de hedonistas adictos al alcohol y las drogas. Incluso uno de sus más grandes hits –"Kickstart My Heart"- está basado en el roce que Nikki Sixxx  tuvo con la muerte tras una sobredosis de heroína.

En los 90, por supuesto, está Nirvana, la banda que causó una revolución en la industria musical y que se convirtió en el estandarte de una generación perdida. Las drogas se llevaron a Kurt Cobain –Bueno, técnicamente la escopeta fue la que se lo llevó, pero las drogas jugaron un papel fundamental en su muerte- pero dejaron a cambio discos que sentaron las bases para el resurgimiento del rock alternativo en todo el mundo. Las drogas también se llevaron a Hillel Slovak de los Red Hot Chili Peppers y han estado a punto de destrozar a la banda en incontables ocasiones. Pero a través de ellas, Anthony Kiedis y John Frusciante han encontrado su voz y le han dado vida a trabajos en los que el amor, la melancolía, la frustración, la furia y un sinfín de emociones conviven en bellísimas canciones como “Under the Bridge”, la cual habla de la soledad, el aislamiento y el sufrimiento que provocó en Kiedis su adicción a la heroína.

Y es al releer las últimas líneas que este columnista ha comenzado a darse cuenta que quizá, después de todo, no son las drogas las que alimentan la creatividad de los músicos de rock: Es el sufrimiento. Son los demonios de la tristeza y la depresión, y la falta de empatía, esa terrible sensación de aislamiento que te produce sentirte incomprendido, sólo en un mar de gente, los que van acumulándose en el interior y encuentran en el arte una vía de escape. Quizá una psique atormentada es un elemento indispensable del genio creativo… y las drogas están asociadas a ella.

“El arte no puede existir sin el dolor, el arte existe para poder lidiar con la pena” explica Till Lindemann, vocalista y letrista de Rammstein. Quizá por esto el rock y las drogas están tan irremediablemente enlazados, porque ambos son vías de escape al vacío existencial y al dolor. A través del dolor y el sufrimiento, grandes artistas y músicos le dan origen a obras inmortales que sirven a su vez, como escape y refugio emocional para millones de personas en todo el mundo, que se identifican con dichas obras, y que ven reflejados sus propios miedos, frustraciones y el propio dolor en ellas.

A través del dolor y el sufrimiento, grandes artistas y músicos le dan origen a obras inmortales… y a veces, en el proceso, terminan perdiendo la propia vida. Descansen en paz todos ellos.

BARENHOHLEbigl


Richard Z. Kruspe y Rammstein ¿Ruptura inminente?

 

Recientemente, Richard Z. Kruspe, guitarrista de Rammstein y uno de los músicos de rock alemanes más reconocidos de la historia, dio una serie de entrevistas, a propósito del lanzamiento de “Silent so long”, la nueva producción discográfica de su proyecto alterno Emigrate. En una de estas entrevistas en particular, otorgada a Heavy Magazine Australia, además de promocionar la tan esperada secuela al disco debut de la banda, el señor Kruspe respondió a una serie de inevitables preguntas acerca de Rammstein –y decimos “inevitables” porque ninguno de los integrantes del sexteto teutón puede ni podrá despojarse jamás de la sombra de esa gigantesca agrupación a la que pertenecen. No importa si es Till Lindemann el que está siendo entrevistado respecto a su faceta como escultor plástico o Christian Lorenz acerca de su negocio de renta de autos; siempre, invariablemente, Rammstein está presente en todo lo que hacen.

Algunas de las declaraciones vertidas por el guitarrista alemán en esta entrevista han generado inquietud entre los millones de seguidores de los autores de “Du Riechst So Gut”. ¿La razón? En ellas se respira un ligero aire de insatisfacción, quizá de hastío con relación a la banda, las giras, y el proceso de grabación. -Depresión. Una gran depresión. Terminé la gira con Rammstein y terminé bajoneado- fue la respuesta de Kruspe ante el cuestionamiento del origen del nuevo álbum de Emigrate. Fue la depresión y –suponemos- el cansancio de la extensa gira Made In Germany lo que hizo que RZK buscara una vía de escape y relajación creativa. Y este paliativo, para él, se llama Emigrate.

Emigrate es para Kruspe mucho más que una banda; Es el lugar donde puede dar rienda suelta a su creatividad, y sobre todo, donde él es quien tiene siempre la palabra final. Al igual que Jean-Baptiste Grenouille, protagonista de Das Parfum, RZK escapa a Emigrate –el mundo donde él es Amo y Señor- cuando la vida con Rammstein se torna simplemente, insoportable. Y como no hacerlo. Rammstein es un proyecto integrado por seis grandes músicos, y esto quiere decir seis enormes egos. A pesar de su connotación negativa, el ego es uno de los principales ingredientes de la creatividad, y todos los grandes artistas están llenos hasta las orejas de él. Imagine usted ahora, amable lector, la batalla de egos que debe ocurrir al interior de la agrupación alemana más exitosa de la historia del rock. Particularmente en el estudio de grabación. –No, no, no- responde enfático Kruspe cuando se le comenta que la experiencia de grabar con Rammstein debe ser genial. –Es un montón de sufrimiento- continúa. -Con Emigrate me doy cuenta de la persona que soy, me gusta estar en control y ser el único que puede tener una opinión […] Rammstein [en cambio] es tán democrático y muchas de las decisiones se llevan a cabo por los egos, no por la música. […] Tenemos una responsabilidad al ser una banda como Rammstein. Pero si me preguntas si disfruto grabar con Rammstein, no, no lo hago-

Una lectura fácil y superficial de dichas declaraciones puede arrojar como conclusión que pesa sobre Rammstein la amenaza de una inminente ruptura. Pero quienes hacen dicha lectura superficial, evidentemente, sólo conocen a la banda también de manera superficial. Richard Z. Kruspe no se separa de Rammstein. No hay en sus declaraciones nada que lo indique. Lo vertido en la citada entrevista refleja sólo el hartazgo natural –y comprensible- de quien lleva prácticamente más de veinte años trabajando con el mismo grupo de personas: Una relación increíblemente parecida a un matrimonio comunal, con sus altas y bajas. Refleja también la responsabilidad que pesa sobre quienes han visto a su agrupación escapársele de las manos; Rammstein ya no es de ellos, es del público y de sus millones de seguidores en todo el mundo. Esta responsabilidad representa una pesada losa sobre los hombros de las mentes creativas de la banda, particularmente Till Lindemann y Richard Z. Kruspe, porque a pesar de que declaren lo contrario, saben que ya no componen para ellos mismos –componen para los fans. Es por todo esto que RZK busca el escape de su proyecto alterno -[Emigrate me da] el balance para permanecer en Rammstein. Sin Emigrate ni siquiera podría pensar en seguir ahí […] Emigrate me balancea-

Pero –y esto es vital- RZK sólo busca refugio en su segunda banda cuando Rammstein se encuentra en un periodo de inactividad, como el actual. Para ponerlo en palabras claras y concisas, si Rammstein es el trabajo, Emigrate son las vacaciones. Los Godínez que siguen a esta tres veces H. Revista de Rock y que leen esta columna, leerán en esta última frase que RZK odia a Rammstein –así como los Godínez odian sus propios empleos- Pero habemos quienes sí amamos la labor que desempeñamos y que nos remunera. Kruspe es uno de ellos. Por si el enorme “Amo a Rammstein que RZK declara en la misma entrevista no fuese suficiente, tomemos como ejemplo esta otra declaración que realizó para Metal Hammer:
-Mi asunto con Rammstein es que jamás va a terminar… Es un concepto que ha desarrollado su propia química, su propia energía… no es algo que se vaya a acabar-.

En palabras del propio Richard Z. Kruspe: Rammstein no se va a acabar. Jamás. Fin de la historia.

Antes de finalizar esta columna, sin embargo, es digna de mencionarse la desmedida reacción negativa que las declaraciones de Kruspe han provocado entre las comunidades de fans, particularmente en las redes sociales. “¿Qué le pasa a ese idiota? Richard no sería nada sin Rammstein leí hace poco, entre un mar de comentarios similares. Y bueno… en nuestro amado México no existen fans con sentido crítico. Somos una nación de seguidores con pasión desmedida y carente de raciocinio, que no sabemos de medias tintas. O amamos u odiamos. Si a esto le sumamos los defectos de una comunidad llena de adolescentes impresionables y prejuiciosos como los metaleros, que no solo admiran sino que rinden culto, idolatran –en el peor sentido pagano del término- y veneran a las bandas que siguen, podemos entonces comenzar a comprender –que no justificar- reacciones tan imbéciles. Quienes así se expresan del nativo de Wittenberge, no tienen idea alguna del rol fundamental de Kruspe en la banda. No sólo es la mente creativa detrás de la música; no sólo es el complemento indispensable de la mente maestra detrás de las letras –Lindemann-. RZK es, sencillamente, el fundador del Ariete de Piedra.

Sí... Richard Z. Kruspe no sería nada sin Rammstein.

Pero Rammstein simplemente no existiría… sin Richard Z. Kruspe.

Que nunca se les olvide.

BARENHOHLEbigl


Oda al Hombre de las Cuatro Cuerdas

Si alguien les pide que piensen en Guns n’ Roses. ¿Quién es el primer músico que les viene a la mente? ¿Qué tal en System of a Down? ¿O Rammstein? ¿Black Sabbath? ¿AC/DC? ¿Judas Priest?

De Guns n’ Roses, lo primero que vino a su mente fue Axl Rose, o quizá Slash; De SOAD, la mayoría pensó en Serj Tankian y algunos más en Daron Malakian; De Rammstein, en Till Lindemann. Si hablamos de Black Sabbath, por supuesto pensaron en el Príncipe de las Tinieblas, Ozzy… O quizá en Dio. De AC/DC, pensaron en Angus y de Judas Priest, indudablemente en Rob Halford.

Sean honestos. ¿Alguien pensó primero en Duff McKagan? ¿O en el impronunciable Shavo Odadjian? ¿En Ollie Riedel? Muy pocos fueron los que pensaron primero en Geezer Butler. Muchos menos los que pensaron primero en Cliff Williams.

Y apuesto que una gran mayoría de quienes leen esta columna respondería “¿Quién carajos es Ian Hill?” si se les presentase dicho nombre.

Tal es la maldición de las cuatro cuerdas. Los encargados de ese poderoso instrumento conocido como bajo, rara vez gozan de la popularidad que en cambio disfrutan los vocalistas y guitarristas de las agrupaciones de las que forman parte. Carajo, ni siquiera ocupan un tercer lugar, ya que después del frontman y del guitarrista líder, generalmente el siguiente en las preferencias de los fans es el encargado de aporrear los tambores. Esa es la triste realidad. En la escala de admiración por parte del público, el bajista está generalmente al final, sólo adelante del que toca el güiro y el tecladista, si los hubiese. Y –Pobrecito Ollie- en el caso de Rammstein, ni siquiera eso, ya que el buen Dr. Lorenz es una de las figuras más emblemáticas del sexteto teutón.

Sí, también en el bajo hay virtuosos, verdaderos monstruos que se han ganado a pulso un lugar de honor en las páginas de oro del rock y del metal, auténticos gigantes que dejan huella, como Steve Harris de la dama de hierro, como El Buey” Entwistle de the Who, como Flea de los Chili Peppers y por supuesto Cliff Burton de Metallica. Sin embargo, estos músicos son la excepción a la regla, y aún así, no son el miembro más famoso de su respectiva banda.

Pero aún cuando el bajista nunca es –ni será- el miembro más popular de una banda de rock, su valiosísima aportación es prácticamente innegable. Junto con la batería, el bajo aporta el poderío y la base rítmica de cualquier canción medianamente decente de rock. Sí, Jimmy Page es una pistola en toda la extensión de la palabra, pero  “Whole lotta love” le debe su cadencia y cachondez al bajo de John Paul Jones. Nadie que se precie de ser metalero puede negar que el delicioso sonido galopante del bajo de Steve Harris es lo que le da a Iron Maiden su estilo característico. “And Justice for All” es un magnífico disco de metal. Pero pudo haber sido mil veces mejor si no hubieran cometido la pendejada de quitarle la pista de bajo, sólo por joder a Jason Newsted. Y la mejor prueba de esto es que en su siguiente placa homónima –El Black Album- lo primero que hizo el productor Bob Rock fue subirle al bajo, dándole vida y punch a pistas que se convertirían en himnos de los californianos, como “Enter Sandman” y “Sad But True”.

Hagan un experimento. Tomen su iPod o abran la carpeta de rock en su laptop. Pónganse los audífonos. Cierren los ojos y escuchen “You could be mine” de Guns n’ Roses; “Peace Sells” de Megadeth; “Smells like teen spirit” de Nirvana o “Rosenrot” de Rammstein. Ninguno de esos tracks -ni uno solo- sería lo que es si no fuera por el bajo.

No sé ustedes, pero a mí ya me dieron ganas de poner “Dr. Feelgood” de Mötley Crüe a todo volumen. Me vale madre que pase de la medianoche. Nikki Sixxx, bombón, te quiero en mi colchón.

BARENHOHLEbigl


De Demencia y Metal Sexagenario

¡Nos estamos quedando sin ídolos!

Hace apenas unos cuantos días -el 26 de septiembre pasado- el periódico australiano Sydney Morning Herald confirmó una terrible noticia que durante prácticamente todo el año llevábamos esperando. Malcom Young, el guitarrista y fundador de AC/DC, se retira permanentemente de la banda y de hecho de toda actividad musical, al ser víctima de Alzheimer, enfermedad también conocida como demencia senil.

Esta lamentable, terrible noticia nos plantea una reflexión igualmente sombría. Aun cuando el rock -particularmente el rock pesado- es una forma de arte que ejerce una gran atracción sobre los jóvenes, la realidad es que es un género cuyos mayores exponentes rayan en el medio siglo o más de edad. Luego entonces, es música "para jóvenes” pero interpretada por hombres maduros, casi ancianos, que llegaron a este mundo durante los años 50 o los 60.

El citado Young tiene, ahí nada más, 61 primaveras. Y su hermano Angus, el rostro más reconocible de AC/DC, está a unos meses de cumplir las seis décadas. ¿Y los restantes ídolos del rock duro? El hombre cuyos dedos cercenados le dieron vida al sonido del metal, Tonny Iommi de Black Sabbath, ya pasa de los 66. Y su compadre Ozzy, el Príncipe de las Tinieblas, tiene 65 años –aunque gracias a las drogas camina y habla como si tuviera 97-. Los tres miembros de Led Zeppelin que aún viven promedian 68 años de edad. El hombre de los estoperoles -hasta en la tanga-, Rob Halford -de Judas Priest-, tiene 63. Steve Harris y Bruce Dickinson, pilares de la legendaria Iron Maiden, tienen 58 y 56 años respectivamente. Paul “Starchild” Stanley de KISS ya cuenta con 62 años, y Gene Simmons, a sus 65, dice tal cantidad de pendejadas por minuto, que pareciera que él también sufre de demencia.

-Pero claro, si esas son bandas sesenteras y setenteras- exclamará sin duda alguien. Bueno, también entre las bandas ochenteras, la edad hace estragos. La gente se asombra porque Axl Rose ya no luce como el sex symbol que solía ser y de hecho, se asemeja más a Lucha Villa en sus últimos años. Pero ¿cómo no? Si carga 52 años a cuestas. Hace exactamente dos años, Mötley Crüe tocó en México junto a KISS, y quienes asistimos fuimos testigos de como la artritis prácticamente le impide ya moverse a Mick Mars (63) y de como el antes inagotable Vince Neil (53) ahora tiene que detenerse frecuentemente a recuperar el aliento. Y aunque parecieran incansables, incluso los gigantes del Metal conocidos como Metallica viven amenazados por el fantasma de los años: James tiene 51, el simpatiquísimo Lars 50, Kirk Hammett 51 y el más joven de ellos, Robert “doña Lencha” Trujillo, 49.

Así es. El tiempo, ese democrático verdugo que no conoce la piedad ni la clemencia, nos dejará, en unos cuantos años, sin dioses del metal. Si a eso le sumamos un estilo de vida lleno de excesos de todo tipo, el panorama es aterrador.

¿Y qué haremos cuando el último de los gigantes se retire, o peor aún, se encuentre bajo tierra con su pijamita de madera? ¿Quién hay ahora que pueda eventualmente ocupar el trono? Nadie. Las corrientes más cercanas que podrían presentar a un candidato viable son el grunge y esa mamadencia llamada Nü Metal. Y ni aún así. Pearl Jam es una magnífica banda, pero sus composiciones tan introspectivas carecen de atractivo comercial y no han tenido un gran hit prácticamente desde su álbum debut. Nirvana ya no existe, y quiero suponer que aunque Cobain no se hubiera volado la tapa de los sesos, tampoco existiría actualmente. Korn, Foo Fighters, Radiohead, Audioslave, Tool. Todas magníficas bandas, pero ¿alguien se los imagina como cabeza de cartel de un festival masivo, como el Monsters of Rock, donde AC/DC tocó ante un millón seiscientas mil almas? ¿Podría Marilyn Manson convocar a 300,000 personas como lo hizo Iron Maiden en Rock in Rio, o cerrar para las casi 700,000 que disfrutaron a Rammstein en el Rock on Volga de Rusia? Definitivamente no.

El tiempo no perdona. Cuando Steve Harris diga “a la mierda Maiden” y decida quedarse en casa a tomar chocolatito caliente; cuando Gene Simmons se muera como el perico –a medio palo-, y cuando Ozzy se atragante con su pastilla para la próstata inflamada, ese día nos vamos a quedar sin ídolos.

Bueno... al menos nos queda Cristian Castro

BARENHOHLEbigl


El legado de Bruce Dickinson


Ninguna banda de rock puede alcanzar el éxito sin un buen frontman, eso es un axioma innegable. Ninguna, aun teniendo una alineación llena de virtuosos, o las mejores composiciones. El también llamado “vocalista” es una parte tan importante del impacto de una banda, que su nombre e imagen, muchas veces, se convierten en sinónimo de la agrupación que representan. No podemos pensar en The Doors sin que venga a nuestra mente la imagen de Jim Morrison. O hablar de Queen sin hablar de Freddie Mercury. Y Metallica sin James Hetfield es inconcebible.

Y definitivamente, no podemos hablar de Iron Maiden sin pensar en quien es, simple y sencillamente, una de las más grandes leyendas del metal: El Gran Bruce Dickinson.

El señor Dickinson no es el vocalista original de la legendaria agrupación conocida como “la Dama de Hierro”. Sin embargo, a partir de su llegada, Iron Maiden alcanzó alturas insospechadas, tomando su justo lugar no solo entre los mejores representantes de la corriente conocida como “nueva ola de metal británico”, sino a la distancia y al paso de los años, entre el selecto grupo de las leyendas del rock, gigantes que han dejado grabado con sangre y fuego su nombre en los anales del metal.

Gracias a la llegada de Dickinson, Iron Maiden logró obtener la última pieza necesaria para convertirse en una banda que traspasa las fronteras. El genio creativo, musical y letrístico de Steve Harris no tiene comparación. Pero sus épicas composiciones requerían ser interpretadas por alguien que les dar vida, poder y presencia,  Y esos son sólo algunos de los elementos que el señor Dickinson aporta a decenas de inmortales tracks de la discografía de los londinenses. Su poderosa voz de tintes cuasi-operáticos y de impresionante rango, es el vehículo perfecto para las letras majestuosas de Harris, llenas de referencias literarias, históricas y bélicas. Si añadimos a esta receta la precisión y poderío del mismo Harris y de Nicko McBrain, aunados al virtuosismo de Dave Murray, Adrian Smith y Janick Gers, podemos explicarnos entonces porque Iron Maiden es una banda  universalmente reconocida y venerada por prácticamente todo aquel que se autodenomina “rockero”, sin importar las barreras de lenguaje ni las brechas generacionales.

Este texto nace porque hace apenas unos días, se cumplieron 33 años de la llegada de Dickinson a Iron Maiden. Y aunque sabemos que el tiempo, ese cruel verdugo implacable, no permitirá que sigamos disfrutando de su talento para siempre, nos queda el legado de los extraordinarios discos que grabó al frente de la Dama de Hierro; el legado de decenas de canciones que sus fans hemos elevado al rango de verdaderos salmos.

El legado de ese hombre, esa leyenda viva llamada Bruce DickinsonUp the Irons!

 

 BARENHOHLE_temporal


 


KISS y las trampas de la nostalgia.


El 10 de abril pasado, a quince años de haberse vuelto elegibles por primera vez, el legendario cuarteto neoyorquino KISS fue, por fin, inducido al salón de la fama del rock and roll. Es de sobra conocido por aquellos que medianamente entendemos los manejos de la industria, que las inducciones y nominaciones al salón de la fama están totalmente controladas por Jann Simon Wenner, fundador de la revista Rolling Stone y enemigo jurado de la banda, lo cual explica que hayan inducido a intérpretes de pop y rap –como Madonna, Donna Summer, ABBA, y los Bee Gees- antes que a KISS. Sí, las limitaciones musicales del cuarteto son evidentes, ni el fan más recalcitrante puede calificarlos de virtuosos, pero sus contribuciones al rock and roll como negocio y espectáculo son más que evidentes. Además, como muy bien mencionó Tom Morello – De Rage Against the Machine- en su discurso al inducir a la banda, “La influencia de KISS está en todas partes, de Metallica a Lady Gaga. Han inspirado a artistas de géneros diversos [y] Han sido una influencia formativa en miembros de Tool, Pearl Jam, Alice In Chains, Slipknot, Garth Brooks, Pantera, Foo Fighters, Motley Crue, Lenny Kravitz, White Zombie, Soundgarden, Nine Inch Nails…y Rage Against The Machine, por nombrar sólo a unos cuantos”.

La influencia y la trayectoria de KISS, luego entonces, son innegables. Pero más allá de estos factores, este tecleador se ha preguntado, en repetidas ocasiones y cada vez más frecuentemente, si estas justifican que KISS siga siendo una banda en activo, cuando actualmente la música –que debería ser el eje rector de la vida de cualquier banda de rock- es lo último en que se piensa cuando de KISS se trata.

Podríamos enumerar una enorme cantidad de canciones de KISS que ocupan un lugar prominente entre lo que se denomina –mamonamente- como “clásicos” del rock. Pero no lo haremos. Simplemente, haremos notar que todos estos “clásicos” corresponden a sus discos setenteros y ochenteros. Los esfuerzos discográficos de la banda posteriores a 1983 –año en el que lanzaron “lick it up”, el único gran hit de la segunda mitad de su carrera- han pasado prácticamente de noche, y de casi una decena de discos posteriores a duras penas podríamos extraer igual número de canciones memorables. Todo lo demás es relleno.

Luego entonces, tras décadas sin producir una placa discográfica redonda –en el sentido cualitativo metafórico del término-, es inevitable que cuando se habla de KISS, lo primero que acude a nuestra mente son sus escándalos; Su permanente guerra de declaraciones unos contra los otros; la inagotable, recurrente batalla entre los dos bandos –Ace y Peter contra Gene y Paul-, y sobre todo, la enorme, masiva, cantidad de pendejadas –disculpe usted el exabrupto, amable lector- que salen de la boca y la cabeza de Gene Simmons.

Ay, Gene. Quien sobre el escenario es una figura icónica –no solo para los fans de KISS, sino para los fans del rock en general- debajo de este se convierte en un absoluto pelmazo. Despojado del maquillaje y sin un bajo colgado al hombro, el señor Simmons es un ente sediento de atención y de dinero, capaz de estamparle un logo de KISS al culo de un mandril y venderlo. No podemos negar que su visión de negocios y su enorme colmillo mercadológico fueron ingredientes indispensables en el éxito de la banda, pero actualmente la cosa ha llegado a extremos ridículos, como el “Kiss Kruiser”, donde por una jugosa cantidad de dólares, puedes disfrutar de un viaje en crucero con los miembros de la banda -con camisas hawaiianas, girnalda de flores y todo-. Pero por si esto no fuese suficiente, el señor Simmons adora -además de los dólares- hacer pública exhibición de su persona, vía una serie de patéticos reality shows que no abordaremos a detalle, puesto que ya han sido sujeto de artículos pasados en esta tres veces H. Revista. Y dejamos lo mejor para el final: Sus declaraciones. Cada vez que abre la boca y hay una cámara o micrófono enfrente, el buen Gene Simmons hace gala de una falta absoluta de tacto, de delicadeza, e incluso de raciocinio. Entre las últimas perlas de sabiduría marca Simmons, podemos incluir su afirmación de que “el rock fue asesinado por todos los que bajan canciones sin pagarlas”. O su racista mensaje a los inmigrantes ilegales pidiéndoles que antes de llegar a Estados Unidos “aprendan maldito inglés” –olvidándose de que él mismo fue un inmigrante-. O la más reciente, en la que le sugería a las personas enfermas de depresión que “se mataran” y por la cuál incluso pidió disculpas.

Y es aquí donde surge el interrogante que le da vida a este texto: Si KISS tiene décadas sin producir un disco auténticamente bueno, y si sus miembros, fuera del escenario, son unas prima donnas insoportables y ególatras ¿Cómo es que KISS sigue vigente, atiborrando estadios donde quiera que se presente?

La única explicación sólo pueden –podemos- ofrecerla quienes ya han tenido la experiencia de presenciar un show en vivo de KISS. Cuando las luces se apagan y escuchas “Alright, Mexico city… you wanted the best, you got the best!” la piel se te eriza y en ese momento vuelves a tener la misma sensación que experimentaste cuando los escuchaste por primera vez. El show sigue y el mundo desaparece en un vórtice de sangre, fuego, rayos laser, explosiones y rock and roll. En ese momento se te olvida que te caga Gene Simmons.  Se te olvida todo. Ellos dejan de las viejas de vecindad en las que se conviertieron y se trnsmutan nuevamente en el Gato, el hombre del espacio, el hijo de las estrellas y el demonio.

Y tú te conviertes en un niño de 12 años frente a ellos. Esas son las trampas de la nostalgia. Y no importa cuánto intento evitarlas, siempre caigo en ellas cuando de KISS se trata.

BARENHOHLE_temporal


“Ya se volvieron comerciales”: Prejuicios estúpidos de la comunidad rockera.

Quien firma estas líneas es un gran fan de Metallica. Los oriundos de California ocupan un lugar prominente en el top cinco de mis bandas favoritas de todos los tiempos. He presenciado varios de sus shows en tierras aztecas, e incluso he llegado a considerar seriamente tatuarme uno de sus últimos logos –el que los fans conocemos como la “estrella ninja”-. Y a pesar de todo esto, puedo confesar sin empacho ni pena alguna, que antes de 1993, no tenía ni puta idea de quien era Metallica.

Así es. Yo conocí a Metallica a través de su álbum homónimo, el famoso “Black Album”. Lo adquirí por ahí de 1992, y lo disfrutaba enormidades cada vez que lo escuchaba -particularmente por “Enter Sandman”, “Sad but true” y “Wherever I may Roam”-, pero nada más. Un año después, me invitaron a verlos en vivo en el palacio de los deportes… y fue amor a primera vista ¿La fecha? 26 de Febrero del 93. Desde que comenzó a sonar esa joya llamada “The Ecstasy Of Gold” de Morricone, ya presentía que mi vida estaba a punto de cambiar –después de todo, para un cinéfilo de corazón como su servidor, abrir un show de rock con esa pieza musical era un magnífico preludio-. Metallica abordó el escenario… y efectivamente, tal y como lo sospechaba, después de verlos en vivo, mi vida cambió y me volví su fan. Adquirí sus primeros trabajos, comencé a escucharlos detenidamente, una y otra vez, comencé a comprar videos, conciertos, playeras. Y a 21 años de distancia, sigo siendo de sus más grandes fans.

“¿Y a qué viene todo esto?” Se preguntará alguien, seguramente. Pues resulta, que a lo largo de los años, he tenido que soportar innumerables veces el escarnio y los comentarios malintencionados de “conocedores” que argumentan que comencé a escuchar a Metallica en “su peor época”, en “su peor disco”, cuando ya “se habían vendido”.

Perdóneme usted el exabrupto, querido lector, pero eso es una total y absoluta estupidez.

Es un caso bastante extraño, pero en todas las subcorrientes de ese dragón de mil cabezas llamado "Rock", existe siempre un pequeño grupo de fans, que se erigen en jueces y orgullosos rechazan los trabajos más exitosos de una banda, jactándose de haberlos conocido cuando no eran famosos, cuando eran underground, cuando eran parte de una disquera independiente y realizaban conciertos en locales para sólo unos cientos de personas. Tal pareciera que a estas personas les molestase el éxito de una agrupación, y cual novias celosas, quieren tenerlos para ellos solos. Basta con que un grupo firme con una disquera grande, comience a tener videos en rotación en MTV, o experimente con su sonido, para que dejen de escucharlo. Y justifican su ignorancia y sus enormes prejuicios con una de las frases más imbéciles del vocabulario rockero: “Ya se volvieron comerciales”.

¿Por qué le causa tanto escozor a cierto sector de la fanaticada rockera que una banda alcance el éxito mediático y monetario? Todas las bandas de rock –aquellas que lo son profesionalmente- son comerciales; es decir, su música, su imagen, sus discos, sus conciertos, son un producto que tiene como objetivo una remuneración económica; Rage Against The Machine era una de las agrupaciones más políticas que han existido en la historia del rock… pero aún así cobraban por entrar a sus conciertos; Nirvana era el estandarte de una generación llena de angustia y problemas existenciales, y su líder odiaba todo lo relacionado con el comercialismo y el star-system de la industria… pero no andaban por la vida regalando sus discos ¿o sí? Uno de los trabajos de System of a Down se llama “Róbate este álbum” ¿Y si tanto interés tenían en que los escucharan, porque no mejor dijeron “te regalamos este álbum”? Pearl Jam libró durante años una batalla encarnizada con Ticketmaster por el precio excesivo de los boletos… ¿No hubiera sido más sencillo que dieran entonces shows gratis? La triste realidad es que si no hay dinero de por medio, la maquinaria no puede funcionar; Por algo se llama “Show Business” – O chou bisnes, si no son bilingües-: Sin “bisnes”, no hay Show.

Por otra parte, el éxito comercial de una banda muy pocas veces tiene que ver con un demérito en su calidad musical. El tan criticado “álbum negro” de Metallica es una obra de arte, el perfecto maridaje entre un estilo musical más accesible y cercano a las masas, y el poderoso espíritu metalero que siempre los ha caracterizado. Sí, contiene baladas y canciones lentas, armoniosas y reflexivas; eso se llama experimentación; se llama diversidad; se llama eclecticismo, la exploración de diversos estilos en la búsqueda de la identidad propia y como una manera de expresión artística. No todo en la vida pueden ser tamborazos para darle gusto a los amantes del slam.

Finalmente, tener más dinero representa adicionalmente, mejores producciones, estudios más grandes y productores reconocidos y más experimentados; representa además por supuesto, enormes shows en arenas y estadios, con un sonido impecable, y con escenarios monstruosos, llenos de increíbles efectos especiales, fuego, pirotecnia, lásers y pantallas gigantes. La próxima vez que Metallica se presente en nuestro país, ahí estaré, disfrutando de un show con magníficos valores de producción, en los mejores lugares del recinto, con una sobrevalorada y carísima cerveza en la mano. Y aquellos que piensan que Metallicaya se volvió comercial”, pueden esperar a que regrese Megadeth a México –vienen 4 o 5 veces por año, al parecer- e ir a verlos al quiosco de Santa María la Rivera, al estacionamiento del Walmart de Copilco, o a cualquiera de esos pequeños lugares en los que acostumbra tocar…

Que lo disfruten

.BARENHOHLE_temporal


iPod: 64 Gigas de Amor.

Amo mi iPod. No faltará quien piense, al leer estas líneas iniciales, que la compañía de la manzanita me pasa una lana por hacerle menciones a su producto más famoso. Bueno fuera. Nada más alejado de la verdad -Quisiera que me pagaran... pero no lo hacen-. Aún así, insisto: Amo mi iPod. No hay mejor sensación en este mundo que llevar en el bolsillo tu biblioteca musical completita: Miles y miles de canciones, cientos y cientos de discos, de todos los géneros habidos y por haber, para satisfacer el antojo musical más repentino. Canciones para todo tipo de mood, para todo tipo de actividad, para hacer más placentero cualquier trayecto y cualquier espera. De Anthrax a ZZ Top. Ah, divina música digital: Un milagro de la tecnología y prácticamente una bendición para aquellos que no podemos vivir sin escucharla todo el tiempo.

“Exageras, no es para tanto”, exclamará más de un lector joven, alguien que nació cuando la música digital era ya una herramienta de uso común, sin recordar que apenas hace 15 años no existían los iPods y que apenas hace 17 años sólo un puñado de personas conocía la música digital. Actualmente, casi cualquier canción que desees está disponible, gracias a una infinidad de métodos –algunos legales, otros no tanto- y accesible en cuestión de minutos. Pero antes coleccionar música era una odisea que implicaba levantar el trasero de la silla y desplazarte hasta una tienda de discos –en el mejor de los casos- o recorrer algún lugar como el tianguis del chopo, rogándole a los dioses del rock encontrar ese disco raro o esa edición importada que tanto deseabas. Y si coleccionar música era un odisea, llevarla en la calle era una experiencia casi Dantesca.

En 1972 Andreas Pavel inventa el Stereobelt, el primer “estéreo personal toca-cassettes” de la historia. Pero esta maravilla de invención, sin embargo, no llegó a las masas hasta que ese gigante llamado Sony comenzó a comercializarlo a principios de los ochenta, no sin antes cambiarle el nombre. Decidieron llamarlo “Walkman” y al lanzarlo, cambiaron para siempre la historia y sobre todo, cambiaron la manera en la que la gente escuchaba música. Gracias al Walkman, la música salió de los confines de las casas y locales y tomó por asalto las calles. A la distancia el Walkman podrá parecerles un artilugio de la edad media, pero la realidad es que poseer uno era una sensación maravillosa. Y también lo era comprar tus cassettes originales y coleccionarlos. Pero lo mejor era hacer tus propias cintas. Sólo quien haya compilado sus propios cassettes puede recordar esa sensación de poder creativo que te daba poder escoger la música que más te gustaba, o pasarte horas enteras la noche anterior grabando una cinta con lo mejor del metal, para irte a la escuela el siguiente día escuchándola. Aunque también, sólo quien haya tenido un walkman puede recordar el desmadre que era regresarte a la primer canción cuando ya ibas al final; en este 2014, escoger la canción que quieres requiere sólo un par de segundos, pero en esa época, requería regresar la cinta completa, con el riesgo de acabarte la pila en el proceso; o si querías ahorrar pilas, rebobinar la cinta… con una pluma.

Luego, casi rayando los noventa, llegó el Compact Disc, y junto con este llegó el Discman. Debido a que costaban una buena lana, tener uno era un símbolo de status, y quienes lo poseíamos mirábamos con sorna y desprecio a quienes todavía escuchaban música en cassette. Aunque la realidad es que las desventajas de un Discman eran bastante significativas. Para empezar, tenías que cargar tus CDs para todos lados, y mientras que los cassettes eran bastante resistentes, los CDs eran bastante nenas, y si no se rayaban se rompían; En segundo lugar, estaba nuevamente la situación de las baterías, ya que el muy desgraciado consumía pilas como si fueran dulces. Pero el aspecto más negativo de un discman era que el aparato era tan delicado, que hasta el más mínimo movimiento hacía que la canción se saltara. Mientras que con un walkman podías brincar en un trampolín y no pasaba nada, con un discman tenías que caminar por la calle sosteniéndolo como si llevaras una charola con sopa caliente para que el señorito no se agitara y no se brincara el track.

Como pueden notar, las desventajas de los reproductores portátiles eran innumerables. Pero todos los sacrificios y todas las molestias valían la pena, en el momento en el que salías de la prepa, te ponías los audífonos y comenzaba a sonar Metallica, a todo volumen, solo para ti, haciendo que el mundo desapareciera por completo.

El primer modelo de iPod salió en 2001. Pero yo no adquirí el mío hasta el 2005. Un iPod classic 5G en ese entonces conocido como iPod video, negro, con 30 Gigas de capacidad. Llegué a casa y lo destapé con total reverencia… y fue amor a primera vista. Lo conecté a la computadora y comencé a cargarle música. Por supuesto, el primer álbum que le cargué fue el Herzeleid de Rammstein. Una vez que le hube cargado los cuatro discos de Rammstein que en ese entonces existían, me seguí con KISS, Metallica, Guns n’ Roses, The Cure y decenas de bandas más. Hoy tengo un iPod touch de quinta generación de 64gb y es mi más fiel compañero. Sí, me permite tomar fotos, navegar en internet, usar mis redes sociales y mantenerme comunicado...

...Pero todo eso es secundario; su principal función es poner todo un universo musical al alcance de mis dedos. Darme el poder de escoger el soundtrack de mi vida.

Por eso lo amo. Porque es la puerta a un mundo alterno en el que yo soy el único amo y señor... y la música es mi reino.BARENHOHLE_temporal