Hay discos que se reciben como eventos y discos que se convierten en hechos. White Pony, el tercer álbum de estudio de los Deftones, publicado el 20 de junio del año 2000 a través de Maverick Records, pertenece a la segunda categoría: no fue recibido con unanimidad inmediata, no fue comprendido del todo por el ecosistema en el que fue lanzado, y sin embargo terminó por reescribir las reglas tácitas del metal alternativo de una forma que pocas obras han conseguido en la historia del género. A un cuarto de siglo de su aparición, el disco no solo ha sobrevivido a la era que lo vio nacer sino que continúa generando una cadena de influencia directa sobre generaciones de músicos que ni siquiera habían nacido cuando Chino Moreno cantó por primera vez en directo en el Letterman Show, esa misma noche del 20 de junio que coincidió con su cumpleaños número veintisiete.
Para entender lo que White Pony significó es necesario entender primero el mundo en el que apareció, y ese mundo era uno de los más hostiles imaginables para un disco de esas características. A mediados de 1999, cuando los Deftones comenzaron a grabar en The Plant Recording Studios en Sausalito, California, y en Larrabee Sound Studios en West Hollywood, el paisaje del rock pesado norteamericano era dominado por una estética que premiaba la agresión visible, la letra directa y la energía de estadio. Limp Bizkit llenaba arenas. Papa Roach estaba a punto de colocar “Last Resort” en todos los canales de MTV. Korn, los grandes padres del movimiento al que todos querían pertenecer o del que todos querían diferenciarse, seguían siendo la referencia obligatoria. Los Deftones, oriundos de Sacramento, California, y con dos álbumes sólidos a sus espaldas —Adrenaline (1995) y Around the Fur (1997)— eran considerados parte de esa familia, etiquetados dentro del nu-metal aunque nunca se hubieran sentido completamente cómodos con esa denominación.
La gestación de White Pony fue un proceso tenso y largo, el más largo que la banda había afrontado hasta ese momento: cuatro meses de escritura y grabación continua junto al productor Terry Date, quien ya había pilotado los dos álbumes anteriores y a quien el propio Date había llegado a sugerirle a la banda que consideraran otro productor, por si necesitaban una perspectiva fresca. Los Deftones declinaron la sugerencia. Tras reunirse con productores de la talla de Rick Rubin, decidieron que la comodidad y el entendimiento mutuo que habían construido con Date valía más que la novedad. Pero esa comodidad no se tradujo en un proceso fluido: la incorporación de Chino Moreno como guitarrista rítmico —una novedad en la dinámica de la banda— generó una fricción significativa con el guitarrista principal Stephen Carpenter, que veía en ese movimiento una invasión de su territorio. Esa tensión, lejos de sabotear el álbum, quedó impresa en su ADN y es en parte responsable de la electricidad que corre entre sus canciones.

El punto de inflexión durante la escritura llegó con “Change (In the House of Flies)”, la canción que Moreno identificó décadas después como el momento en que la banda empezó a funcionar como un colectivo. No por casualidad es también la canción que mejor encarna la paradoja central del disco: una apertura hipnótica construida sobre una guitarra melancólica, efectos sonoros perturbadores y una voz en modo susurro que explota hacia un coro de una intensidad casi violenta. Maverick Records, el sello que había lanzado a Madonna en sus años de gloria y bajo cuya ala los Deftones firmaban, no creía que esa canción debía ser el primer sencillo. Querían algo más agresivo, más alineado con lo que las radios de rock pedían. Los Deftones se negaron. La discusión llegó hasta Guy Oseary, el director del sello, y la banda ganó la pulseada. “Change” salió el 16 de mayo de 2000 como adelanto del álbum y llegó a posicionarse entre los primeros puestos del Billboard Mainstream Rock, validando una apuesta que al sello le había parecido suicida.
Lo que hace a White Pony un objeto tan difícil de clasificar y al mismo tiempo tan inmediatamente reconocible es la densidad de referencias que logra sintetizar sin que ninguna de ellas se imponga sobre las demás. Stylistically, el álbum toma como punto de partida el metal alternativo que la banda había desarrollado en sus dos primeros trabajos —deudor de Tool, Faith No More, Nine Inch Nails y Pink Floyd— y sobre esa base construye capas de atmósfera provenientes de territorios completamente distintos: el shoegaze de My Bloody Valentine, cuyo Lovebuster Moreno ha citado como una referencia directa para el sonido de guitarra del álbum; la psicodelia oscura de The Cure en su período Pornography; el trip-hop de DJ Shadow y Massive Attack, perceptible en las texturas electrónicas que Frank Delgado —incorporado en este álbum como miembro de pleno derecho, después de haber colaborado como invitado en los dos anteriores— teje bajo los riffs de Carpenter. La llegada de Delgado como integrante oficial aportó capas de teclados y turntables que abrieron una dimensión nueva en la paleta sonora de la banda, convirtiendo canciones como “Digital Bath” y “Knife Prty” en ejercicios de ambient metal que no tenían equivalente en ningún otro disco de la época.
Esa última canción merece una mención especial porque no es del todo una canción de los Deftones: “Knife Prty” cuenta con la participación de Rodleen Getsic, vocalista experimental, cuya voz entrelazada con la de Moreno crea una de las atmósferas más perturbadoras del álbum, una danza de tensión erótica y peligro que habita en el cruce entre la música industrial, el dream pop y algo que no tiene nombre todavía. Es el tipo de canción que deja claro que White Pony no está interesada en cumplir las expectativas de ningún género en particular, sino en construir su propio espacio acústico y emocional. Lo mismo puede decirse de “Pink Maggit”, la pieza que cierra el álbum en una extensión de más de siete minutos y que se mueve con una lentitud deliberada, casi litúrgica, acumulando tensión hasta un final que no resuelve sino que simplemente se detiene, como si el mundo que el disco construyó a lo largo de sus cuarenta y ocho minutos se extinguiera en silencio.
El álbum fue publicado el mismo día del cumpleaños de Chino Moreno y esa noche la banda apareció en el Late Show with David Letterman para interpretar “Change”. La recepción fue mixta en el corto plazo: algunos fans habituales se sintieron desconcertados por la ausencia del ferocidad pura que había caracterizado a Around the Fur, y en los foros de internet que empezaban a ser el espacio de debate de la cultura metal, hubo voces que acusaron a la banda de haberse ablandado, de haber traicionado algo. El propio Moreno reconoció años después que el disco no fue amado inmediatamente. Pero las cifras contaron otra historia desde el principio: White Pony debutó en el número tres del Billboard 200, una posición inusualmente alta para un disco que rompía tan abiertamente con las convenciones del momento.
La respuesta del sello a las presiones comerciales tomó la forma de “Back to School (Mini Maggit)”, una versión alterada de “Pink Maggit” a la que se le añadió un verso de rap y que fue incluida en una reedición del álbum con portada blanca. La movida enfureció a los Deftones, especialmente a Moreno, que nunca ocultó su malestar con esa decisión. La canción era, en esencia, una concesión al sonido nu-metal más comercial que la banda había pasado años tratando de esquivar, y su inclusión como pista adicional en la reedición fue percibida correctamente como una estrategia de marketing impuesta y no como una expresión artística de la banda. El episodio ilustra con precisión la posición incómoda que los Deftones ocupaban en la industria musical de 2000: demasiado experimentales para el nu-metal convencional, demasiado pesados para el rock alternativo mainstream, y completamente inclasificables para las radios que necesitaban saber en qué cajón archivar cada cosa.

La vindicación llegó en febrero de 2001 en los Premios Grammy de la 43ª edición, cuando “Elite” ganó el galardón a la Mejor Actuación de Metal, derrotando a competidores en un año especialmente competitivo. Era la primera vez que los Deftones se llevaban un Grammy y la ironía era casi poética: ganaban en la categoría de metal con una canción que es, en gran medida, una demolición controlada del sonido que esa misma industria asociaba con el metal. “Elite” es un monstruo de riff descendente y batería arremetedora, sí, pero también una pieza construida sobre silencios estratégicos, sobre el contraste entre la voz de Moreno en modo contemplativamente melódico y los arranques de una guitarra que suena como algo rompiéndose. Era exactamente la clase de metal que los Deftones querían hacer y el premio confirmó que el establishment musical los había escuchado.
Lo que sucedió en los años siguientes fue igualmente revelador de la naturaleza particular de este disco. Mientras el nu-metal como movimiento comenzó su declive acelerado en cuanto las modas cambiaron y las radios pasaron página, los Deftones no solo sobrevivieron sino que encontraron una trayectoria ascendente en credibilidad y en la densidad de su audiencia. La decisión que Moreno recordaría como una de las más importantes que tomaron fue rechazar las giras con Korn, Papa Roach y Limp Bizkit en ese período, distanciándose físicamente del ecosistema del nu-metal en el momento en que ese ecosistema todavía era lucrativo. “Creo que se ponían incómodos, como si fuéramos unos idiotas por no querer salir de gira con ellos”, admitió Moreno, “pero en retrospectiva, creo que fue una de las decisiones más importantes que tuvimos que tomar.” Décadas después, cuando las revisiones históricas del período comenzaron a trazar las fronteras entre lo que había envejecido bien y lo que no, los Deftones aparecían consistentemente fuera de la categoría del nu-metal, precisamente donde querían estar.
La influencia de White Pony sobre el metal alternativo posterior no es una influencia discreta ni fácilmente rastreable a un solo elemento: es estructural, metodológica, casi filosófica. El disco demostró que podía existir una forma de música pesada que no dependiera de la agresión como modo comunicativo primario, que la violencia emocional podía ser más efectiva que la violencia sonora, que la belleza y la pesadez no eran polos opuestos sino que podían habitar el mismo espacio. Esa demostración fue un permiso para una generación de músicos que querían algo que la música pesada de su tiempo no les estaba ofreciendo. Bandas como Loathe en el Reino Unido construyeron su identidad combinando el metal extremo con el shoegaze de la misma manera que los Deftones lo habían sugerido, y reconocen la deuda de forma explícita. Sleep Token, el fenómeno más inesperado del heavy metal de la primera mitad de los años 2020, navega exactamente por las mismas aguas que White Pony cartografió: la mezcla de peso y atmósfera, de melodía extrema y textura electrónica, de vulnerabilidad y potencia. Spiritbox, Fleshwater, Narrow Head, Loathe —todos grupos que en los años posteriores al 2015 han definido la vanguardia del metal alternativo anglosajón— llevan en su ADN esa lección central que White Pony fue el primero en impartir de forma tan coherente y completa.
Hay un fenómeno más reciente que también habla de la perennidad de este disco y que no puede ignorarse: la forma en que White Pony ha encontrado una nueva audiencia a través de TikTok y las plataformas de streaming en la segunda mitad de la década de 2010 y en los años 2020. Jóvenes oyentes que descubren la banda a través de “Digital Bath” o de “Change” sin haber vivido el contexto de su lanzamiento, sin el bagaje del debate nu-metal, reciben el disco como una pieza atemporal de música de estado de ánimo —mood music en el vocabulario de esa generación— y lo integran en sus rotaciones junto a artistas contemporáneos que llevan su herencia sin saberlo. El disco tiene en Spotify decenas de millones de reproducciones acumuladas en sus tracks principales, una cifra que no deja de crecer. La etiqueta “nu-gaze” que comenzó a circular en foros musicales alrededor de 2020 para describir la fusión del shoegaze con elementos del nu-metal está construida, en buena medida, sobre el precedente que White Pony estableció.
En diciembre de 2020, para celebrar el vigésimo aniversario del álbum, los Deftones publicaron Black Stallion, un disco de remixes en el que productores como Clams Casino, Squarepusher, Salva y Gesaffelstein reinterpretaron las canciones de White Pony desde perspectivas electrónicas. La selección de artistas fue elocuente: beatmakers del club underground, productores de vanguardia electrónica, gente que no tenía ninguna relación obvia con el metal alternativo pero que veía en White Pony un objeto compatible con sus propios lenguajes. Que un álbum de metal alternativo de 2000 pudiera ser reinterpretado coherentemente desde el club en 2020 sin que las versiones resultaran forzadas era, de nuevo, prueba de la naturaleza singular de ese material original.
Todo esto sería suficiente para justificar la importancia de White Pony, pero hay algo más que es quizás lo más difícil de articular y al mismo tiempo lo más importante: la forma en que este disco cambió a los propios Deftones. Antes de White Pony eran una banda con dos buenos álbumes y una reputación sólida en el circuito del rock pesado norteamericano. Después de White Pony eran algo diferente: una banda con una identidad propia e intransferible, con un sonido que no podía confundirse con ningún otro y que no dependía de las modas del momento para ser relevante. Los discos que vinieron después —Deftones (2003), Saturday Night Wrist (2006), Diamond Eyes (2010), Koi No Yokan (2012), Gore (2016), Ohms (2020)— son todos, en mayor o menor medida, consecuencias de las decisiones que se tomaron durante esos cuatro meses de grabación en Sausalito y West Hollywood. La banda que grabó White Pony es la misma que existe hoy, no en términos de línea de tiempo sino en términos de filosofía: la convicción de que la música puede ser simultáneamente pesada y bella, agresiva y melancólica, concreta y abstracta, y que esa simultaneidad no es una contradicción sino su definición.
Veinticinco años después de que Chino Moreno cumpliera veintisiete años el mismo día en que salió el disco de su vida, White Pony no es un objeto de culto para iniciados ni un artefacto histórico que se estudia desde la distancia. Es un disco que todavía suena nuevo, que todavía encuentra oyentes que lo escuchan por primera vez y salen de la experiencia pensando de otra manera sobre lo que puede hacer la música pesada. Eso es lo que diferencia a los clásicos genuinos de los meramente venerados: que no necesitan que nadie los explique para seguir funcionando.








