Metallica no habla de política. Solo lleva cuarenta años cantándola

Metallica no habla de política. Solo lleva cuarenta años cantándola

Hetfield dijo en la Sphere que Metallica no viene a influenciar a nadie. Su discografía, de la bomba a Guantánamo, cuenta otra historia.

Las Vegas, sábado 10 de octubre

Hay frases que suenan inofensivas hasta que se les pone fecha. El sábado 10 de octubre de 2026, a pocos días de haber arrancado Life Burns Faster, la residencia de 24 noches en la Sphere de Las Vegas que se extiende hasta marzo de 2027, James Hetfield hizo una pausa entre canciones para agradecer al público. Les recordó que, salvo los locales, todos habían viajado, gastado dinero y apartado tiempo para estar ahí. Hasta ese punto era protocolo de estrella de estadio. Luego soltó que Metallica no estaba ahí, como otros “entertainers”, para influenciar a nadie con su basura, que la idea era olvidarse de todo lo de afuera por un rato y que “la agenda de Metallica es amor, energía y música pesada”. La esfera tembló, los clips circularon durante todo el fin de semana y la frase terminó reducida a un titular de una sola línea: Metallica no va a hablar de política.

Conviene precisar lo que pasó, porque el titular y la frase no son exactamente lo mismo. Hetfield no pronunció la palabra “política” ni nombró a ningún colega. Fue el contexto el que hizo la traducción: una temporada en la que artistas tan distintos como Macklemore, Zach Bryan o Jason Aldean han acaparado notas por lo que dicen, cantan o publican en torno a la política estadounidense, cada uno desde una orilla diferente. La frase de Hetfield cayó en medio de esa conversación y la prensa hizo el resto. Lo que nadie puede decir es que lo haya improvisado. Si uno rastrea sus entrevistas, encuentra la misma idea repetida con una disciplina casi militar durante más de tres décadas, siempre con la misma estructura: los artistas no deberían usar su fama para predicar, la política divide, la música une.

Ese es el discurso. El catálogo es otra cosa. Para ser una banda que no habla de política, Metallica ha cantado sobre aniquilación nuclear, pena de muerte, soldados convertidos en carne de cañón, telepredicadores millonarios, listas negras, censura, un sistema judicial que se vende al mejor postor y un planeta envenenado por sus habitantes. Ha testificado ante el Senado de Estados Unidos, ha visto su canción más famosa sonar en cárceles militares y en la Casa Blanca, ha financiado programas educativos en los cincuenta estados de su país y ha enfrentado peticiones para bajarla de un festival por las aficiones de su cantante. La pregunta interesante no es si Metallica es política. Es cómo ha logrado serlo durante cuarenta años sin que casi nadie la acuse de hacer campaña.

La doctrina Hetfield, en cinco fechas

Antes de entrar a los discos, vale la pena ver cómo ha evolucionado la postura de su vocalista, porque su consistencia es casi tan llamativa como sus riffs. En 1991, al hablar de “Don’t Tread on Me”, Hetfield explicó que la canción sorprendió a quienes los consideraban una banda antibélica, y aclaró que ellos solo escribían canciones sin tomar partido. En 2008, cuando el video de “The Day That Never Comes” mostró a soldados estadounidenses en un desierto que cualquiera asociaba con Irak, aseguró que no le entusiasmaba que Metallica se conectara con una guerra en curso de una forma que pudiera leerse como declaración política, y se quejó de las celebridades que se suben a un pedestal a dar opiniones que la gente cree más válidas solo porque vienen de alguien famoso. En 2016, al presentar Hardwired… to Self-Destruct, dijo que la banda se mantiene lejos de la política y de la religión porque las opiniones políticas no conectan a la gente como lo hace la música. En abril de 2017, antes de tocar en Lollapalooza Chile, el periodista Claudio Vergara de La Tercera le preguntó por Donald Trump; respondió que su opinión se quedaba con él, que odiaba hablar de política porque separa a las personas y que si declaraba amar u odiar al presidente alguien dejaría de escuchar su música, cosa que le parecía absurda.

Y en 2026, en Las Vegas, la versión más corta y más ruidosa de la misma idea. Lo que dijo en la Sphere es, palabra más, palabra menos, lo que dijo en 2008 sobre las celebridades que predican desde un pedestal. Cambió el tono, que ahora llegó con groserías y ovación incluida, pero no el contenido. La doctrina tiene una lógica clara y Hetfield la ha explicado sin rodeos: Metallica tiene fans de todas las ideologías posibles, en decenas de países, y su vocalista no quiere que nadie deje de escuchar “Master of Puppets” por lo que piensa de un presidente. Lo que la doctrina nunca ha dicho es que las canciones no deban hablar del poder.

1983–1984: la bomba, la silla eléctrica y la campana

Kill ‘Em All es, en lo esencial, un disco sobre ser metalero: cuero, velocidad, lealtad a la tribu y ganas de romper cosas. Canciones como “Whiplash”, “Metal Militia” o “Seek & Destroy” hablan de la escena misma, del ruido y de la pertenencia. Aun así, entre todo eso se cuela “No Remorse”, una mirada a la guerra desde la cabeza de alguien que ya no siente nada al matar, todavía sin la carga crítica que vendría después pero con la semilla ya plantada. Es apenas un aviso de lo que estaba por venir.

El verdadero cambio llega en julio de 1984 con Ride the Lightning. Hay que recordar el ambiente: primer mandato de Ronald Reagan y la retórica de “imperio del mal”, despliegue de misiles en Europa y un miedo nuclear tan extendido que una película para televisión como The Day After, transmitida en noviembre de 1983, se convirtió en evento nacional en Estados Unidos. “Fight Fire with Fire” abre el disco con una guitarra acústica casi renacentista y en menos de cinco minutos describe el fin del mundo por intercambio de misiles, rematado con una explosión. La canción que da título al álbum se mete en la cabeza de un condenado que espera la silla eléctrica, en un país que había reinstaurado la pena de muerte apenas ocho años antes, tras la resolución de la Corte Suprema en 1976. No hay un alegato abolicionista explícito, pero sí algo más incómodo: la perspectiva del que va a morir.

“For Whom the Bell Tolls” toma su nombre de la novela de Hemingway ambientada en la Guerra Civil Española y convierte una escena de combate en un mazazo de bajo distorsionado y campanas, con Cliff Burton sonando como si el bajo fuera un cañón. Hasta “Creeping Death”, que parece una película bíblica en formato thrash, narra las plagas de Egipto desde el lado del pueblo esclavizado que espera su liberación, con un coro que miles de personas han coreado durante cuatro décadas sin pensar demasiado en que están cantando desde la perspectiva de los oprimidos. Con apenas veintiún años, Hetfield ya había encontrado su método: no opinar sobre la noticia, sino ponerse en los zapatos de quien la sufre.

1986: los títeres y los héroes desechables

Master of Puppets suele recordarse por su canción titular, que habla de la adicción como un titiritero que mueve los hilos, y esa lectura es correcta. Pero la imagen del control, de alguien que mueve a otros desde arriba, atraviesa todo el disco. “Disposable Heroes” es la historia de un soldado joven enviado al frente por gente que nunca va a pisarlo, contada con una rabia que todavía hoy suena incómoda, sobre todo en un país que pocos años antes había salido de Vietnam con una generación marcada. “Leper Messiah” se lanza contra el negocio del telepredicador, esa industria de fe televisada, donativos y jets privados que en la Norteamérica de los ochenta movía audiencias millonarias y que al año siguiente del lanzamiento del disco empezaría a desmoronarse entre escándalos.

La portada de Don Brautigam completa la idea: un campo de cruces blancas idénticas, como un cementerio militar, con hilos que bajan desde unas manos gigantes. Ninguna de estas canciones le pide al oyente que vote por alguien. Todas, sin embargo, señalan con bastante claridad quién mueve los hilos y a quién le toca pagar. Es política en el sentido más antiguo de la palabra: una pregunta sobre quién manda.

1988: …y justicia para todos (los que puedan pagarla)

Si hay un disco que desmonta por sí solo la idea de una Metallica apolítica, es …And Justice for All, publicado el 7 de septiembre de 1988. El título sale de las últimas palabras del juramento a la bandera que los niños estadounidenses recitan en la escuela, y la portada lo convierte en ironía: la Justicia ciega aparece agrietada, amarrada con cuerdas y con la balanza desbordada de billetes. Lars Ulrich ha descrito esa etapa de composición como “nuestros años CNN”: él y Hetfield viendo noticias en busca de temas, leyendo sobre las listas negras de la era McCarthy y saliendo de ahí con un título, “The Shortest Straw”, sobre la cacería de brujas, la sospecha convertida en sentencia y las vidas arruinadas por un expediente.

El resto del disco sigue la misma línea. “Eye of the Beholder” trata la libertad de expresión y el control de lo que se puede pensar y decir, en una época en que la música pesada todavía cargaba con las audiencias de 1985 en el Senado impulsadas por el Parents Music Resource Center, que pusieron al metal en el banquillo de los acusados y dieron origen a la célebre etiqueta de advertencia para padres. “Blackened” abre el álbum con la imagen de una Tierra destruida por quienes la habitan, entre fuego, muerte y un invierno que parece nuclear. “Dyers Eve” cierra con un grito contra unos padres que censuraron cada pensamiento del hijo, la versión doméstica del mismo tema: la autoridad que decide lo que puedes ser.

Y luego está “One”. La canción se basa en Johnny Got His Gun, la novela antibélica que Dalton Trumbo publicó en 1939 sobre un soldado de la Primera Guerra Mundial que sobrevive sin brazos, sin piernas, sin rostro, sin vista ni oído, atrapado dentro de su propia mente. Trumbo fue uno de los “Diez de Hollywood”, encarcelado y vetado por negarse a declarar ante el Comité de Actividades Antiestadounidenses. Metallica, que hasta entonces se había negado a hacer videoclips, rompió esa regla para “One” y lo hizo a su manera: un video en blanco y negro, de más de siete minutos, intercalado con escenas de la película que el propio Trumbo dirigió en 1971 a partir de su novela. Cuando las regalías por usar ese material se volvieron demasiado caras, la banda resolvió el problema comprando los derechos de la película. Es decir: en el mismo disco donde cantan sobre las listas negras, construyeron su mayor himno antibélico sobre la obra de uno de los escritores más perseguidos de esas listas, y terminaron siendo dueños de su película.

El remate tiene su humor involuntario. En la primera entrega del Grammy a mejor interpretación de hard rock/metal, en 1989, el premio se lo llevó Jethro Tull, en una de las decisiones más comentadas en la historia de esos premios. Al año siguiente, “One” ganó el primer Grammy a mejor interpretación de metal. La canción sobre un soldado mutilado fue también el primer sencillo de la banda en entrar al top 40 de Billboard.

1991: la serpiente, Moscú y el péndulo

El Álbum Negro es el disco que convirtió a Metallica en fenómeno global, y también el que llevó la política por otro carril. En la esquina inferior de la portada asoma una serpiente enroscada, casi invisible sobre el fondo negro, la misma de la bandera de Gadsden, aquel estandarte de la Revolución estadounidense con el lema “Don’t Tread on Me”. La canción con ese nombre arranca citando la melodía de “America” de West Side Story y suena a marcha patriótica, con un tempo medio que parece paso de bota. Hetfield explicó en su momento que fue una reacción, un movimiento de péndulo frente al tono antisistema de …And Justice for All: después de un disco entero señalando las grietas de su país, quiso escribir una canción de orgullo nacional. Y fue en ese contexto donde dijo que la canción había desconcertado a quienes los creían antibélicos, insistiendo en que no estaban del lado de ninguna postura política.

La serpiente, por cierto, tuvo una segunda vida que la banda no controló. A finales de los dos mil, la bandera de Gadsden se volvió emblema del Tea Party y desde entonces carga un peso partidista que no tenía en 1991. La canción no cambió una sola nota, pero el símbolo que la inspiró sí cambió de significado alrededor de ella. Es uno de los fenómenos más curiosos de la relación entre Metallica y la política: muchas veces no son ellos quienes llevan sus canciones a la arena pública, sino otros quienes las recogen y las usan con propósitos que la banda nunca anunció.

En el mismo disco, “The God That Failed” ajusta cuentas con la fe de su madre, practicante de la Ciencia Cristiana, que murió de cáncer cuando él era adolescente sin aceptar tratamiento médico. No es una canción sobre el gobierno, pero sí sobre la autoridad de una institución sobre un cuerpo, y es probablemente la letra más personal y más dura que Hetfield había escrito hasta entonces.

Ese mismo año ocurrió el concierto más político de la historia de Metallica, y no hubo un solo discurso. El 28 de septiembre de 1991, apenas un mes después del fallido golpe de Estado de agosto contra Gorbachov, el festival Monsters of Rock llegó al aeródromo de Tushino, en Moscú, con AC/DC, Pantera, The Black Crowes, la banda local E.S.T. y Metallica. La entrada fue gratuita y las cifras de asistencia varían tanto según quién cuente que van de cientos de miles a más de un millón de personas. Semanas antes había tanques en las calles de la ciudad; esa tarde había una multitud coreando “Enter Sandman” en un país donde el rock occidental había pasado décadas entre la censura y la tolerancia a regañadientes. Tres meses después, el 26 de diciembre, la Unión Soviética dejó de existir. Nadie necesitó explicar desde el escenario qué significaba aquello.

2000–2012: Lars va a Washington (y luego hace las paces)

El 13 de abril de 2000, Metallica demandó a Napster por violación de derechos de autor y crimen organizado, después de descubrir que una versión inconclusa de “I Disappear”, destinada a la banda sonora de Misión Imposible 2, sonaba en la radio antes de su lanzamiento. El 11 de julio, Lars Ulrich se sentó frente al Comité Judicial del Senado de Estados Unidos, presidido entonces por el republicano Orrin Hatch, para sostener que eran los artistas, y no una empresa tecnológica, quienes debían decidir qué pasaba con su música. La banda entregó una lista de más de 335 mil usuarios que compartían sus canciones, el caso terminó en un acuerdo extrajudicial en 2001 y la imagen pública de Ulrich tardó años en recuperarse. Parodias, caricaturas y abucheos lo convirtieron en el villano favorito de una generación que descubría la música gratis.

La historia tuvo un epílogo que suele olvidarse. El 6 de diciembre de 2012, Ulrich subió al escenario de una conferencia de Spotify en Nueva York junto a Sean Parker, cofundador de Napster y entonces inversionista de la plataforma, para anunciar que todo el catálogo de Metallica llegaba al streaming. Ahí reconoció que le hubiera gustado manejar el conflicto de otra manera y explicó que aquella pelea nunca fue por dinero, sino por control. Lo dijo con una ventaja que no tenía en 2000: ese mismo año la banda había recuperado la propiedad de todos sus másters y había fundado su propio sello, Blackened Recordings. Más allá de quién tuviera razón en la guerra de Napster, pocas cosas son tan institucionalmente políticas como presentarse en el Capitolio a pedirle a los legisladores que tomen en cuenta tu posición sobre cómo debe funcionar una industria entera, y luego pasar una década construyendo la independencia económica necesaria para no volver a depender de nadie.

2003–2019: “Enter Sandman”, de Guantánamo a la Casa Blanca

La banda que escribió “One” vio cómo su canción más famosa terminaba en manos de los interrogadores estadounidenses en Irak, Afganistán y Guantánamo. En 2008, la organización británica de derechos humanos Reprieve la incluyó en una lista de las piezas más usadas para someter a detenidos con música a volumen extremo, junto a AC/DC, Drowning Pool, Eminem y hasta la canción de Barney el dinosaurio. Según los reportes, fue parte de los interrogatorios a Mohammed al-Qahtani, señalado como el “vigésimo secuestrador” del 11 de septiembre.

Las reacciones dentro de la banda nunca fueron uniformes, y ahí está lo revelador. En 2008, Hetfield le dijo a la televisión alemana 3SAT que una parte de él se sentía orgullosa de que hubieran elegido a Metallica. En 2009, en el programa de Rachel Maddow, Ulrich aseguró que la banda no promovía ni aprobaba esa práctica y bromeó con que podía nombrar treinta bandas noruegas de death metal capaces de hacer sonar a Metallica como Simon & Garfunkel. En 2013, cuando un exintegrante de los Navy SEAL afirmó en Esquire que la banda había pedido a los militares dejar de usar su música, Metallica publicó un comunicado aclarando que nunca se había pronunciado ante el ejército en ningún sentido y que el debate sobre las técnicas de interrogatorio correspondía a políticos, militares y analistas. En 2017, en una entrevista con Thrasher, Hetfield dijo sentirse honrado de que su música hubiera ayudado a mantener seguro al país, y coincidió con Kerry King en que Slayer habría sido más efectivo.

Y en mayo de 2019 la canción cerró el círculo de la manera más surrealista posible: Donald Trump entró a una ceremonia en la Casa Blanca con “Enter Sandman” de fondo, porque ese día entregaba la Medalla Presidencial de la Libertad a Mariano Rivera, el cerrador panameño de los Yankees que durante años salió al montículo con ese riff. Una canción escrita sobre las pesadillas de un niño pasó, en dos décadas, por estadios de beisbol, celdas militares y el salón principal de la residencia presidencial. Metallica no eligió ninguno de esos escenarios. Tampoco los rechazó públicamente.

2008: el video que no quería ser político

Entre esos años hay un episodio que resume la tensión mejor que cualquier otro. Para “The Day That Never Comes”, primer sencillo de Death Magnetic, la banda contrató a Thomas Vinterberg, director danés cofundador del movimiento Dogma 95. El resultado fue un cortometraje de ocho minutos filmado en el desierto de California: un convoy de soldados estadounidenses, una explosión, un compañero herido, un hombre con túnica junto a un auto descompuesto y la tensión de decidir si es amenaza o víctima. En pleno 2008, con la guerra de Irak en su quinto año, era imposible ver esas imágenes sin pensar en las noticias.

Hetfield, sin embargo, insistió en que el video hablaba del perdón y del resentimiento, de no transmitir a otros el daño que alguien te hizo, y Ulrich explicó que la letra nació de una relación entre padre e hijo. Fue en ese contexto donde Hetfield reconoció que no le entusiasmaba que la banda se conectara visualmente con una guerra en curso y que Metallica nunca había hecho algo así. Es el ejemplo perfecto del método: una canción íntima, un director con su propia visión, una imagen inevitablemente política y una banda que acepta el resultado mientras se niega a firmar la lectura obvia.

2014: Glastallica, osos y escopetas

Si alguien duda de que Metallica sabe responder a la política sin discursos, basta con revisar Glastonbury 2014. Ese año fueron la primera banda de metal en encabezar el festival británico en sus 44 años de historia, y la noticia no cayó bien entre parte del público habitual. A la polémica por el género se sumó otra: Hetfield, cazador declarado y miembro de la Asociación Nacional del Rifle, había aceptado narrar The Hunt, una serie de History Channel sobre la cacería del oso pardo de Kodiak en Alaska. Se lanzó una petición para retirar a la banda del cartel por su supuesto apoyo a la caza mayor, que según sus promotores era incompatible con el espíritu del festival.

La respuesta de Metallica fue una pieza de humor político de alto nivel. Primero, vendieron una playera con el lema “Glastallica: Peace, Love & Metal” al frente y, en la espalda, citas de los músicos y medios que habían criticado su inclusión. Después, abrieron su presentación con un cortometraje dirigido por Julien Temple que mostraba una tradicional cacería de zorros británica, actividad que en Inglaterra arrastra su propia carga de clase y polémica legal, en la que cuatro osos armados terminaban disparando a los cazadores. Al quitarse las máscaras, los osos resultaban ser Hetfield, Ulrich, Hammett y Trujillo. No dijeron una palabra sobre la caza, los animales o la política británica. No hacía falta.

2016–2017: cuatro músicos, varias posturas

Cuando apareció Hardwired… to Self-Destruct, en noviembre de 2016, Hetfield describió el disco como una mirada cínica a la humanidad: una especie que lleva un milisegundo en la historia del universo y cree que puede controlar el mundo, el calentamiento global y todo lo demás. Canciones como “Spit Out the Bone” exploran la dependencia de la tecnología y la idea de una humanidad sustituida por máquinas, mientras “ManUNkind” y “Am I Savage?” giran sobre la violencia que parece venir de fábrica en la especie. Ulrich, por su parte, le dijo a la revista Q que le encantaría venderlo como la banda sonora del momento político que vivía Estados Unidos, pero que la canción titular no nació como un himno para el otoño de 2016, aunque no iba a decirle a nadie cómo interpretarla.

Ese mismo año, sin embargo, Ulrich ya había dejado ver lo que pensaba. Comentó que pagaba impuestos en Estados Unidos sin poder votar, porque conserva la nacionalidad danesa, y que consideraría volver a Dinamarca si Trump ganaba la elección. En enero de 2017, tras la investidura, Kirk Hammett publicó una serie de mensajes en Twitter en los que comparaba el discurso de “Estados Unidos primero” con la Alemania de los años cuarenta, criticaba la postura del nuevo gobierno frente al cambio climático y pedía defender la democracia y rechazar la “carnicería americana” del discurso inaugural. Meses después, en Brasil, dijo que le parecía muy poco probable que Trump repitiera mandato.

Para el público mexicano, el capítulo más cercano ocurrió en marzo de 2017, durante las tres noches que la banda dio en la Ciudad de México. Paola Rojas, de Las Estrellas, le preguntó a Ulrich por el muro fronterizo y él contestó sin rodeos: “No creo que el mundo necesite muros”. Agregó que, siendo un danés al que le pedían su opinión, no veía necesario ningún muro, y que Metallica viaja por todo el planeta tratando de reunir a gente de orígenes distintos a través de la música. Unas semanas después llegó la entrevista de Hetfield en Chile, con su opinión guardada bajo llave. El mismo año, la misma gira, la misma banda: un baterista que dice lo que piensa, un guitarrista que tuitea contra el presidente y un vocalista cazador y miembro de la NRA que se niega a opinar. Robert Trujillo, el único integrante con raíces mexicanas, se ha mantenido fuera de ese terreno en público. Cuatro maneras de estar en el mundo, y ninguna de ellas neutral en sentido estricto.

La política sin pancarta: la fundación

En 2017, la banda creó All Within My Hands, una fundación que toma su nombre de una canción de St. Anger y cuyo objetivo declarado es invertir en las comunidades que han apoyado a Metallica, con foco en la educación laboral y el combate al hambre. Su proyecto principal, la Metallica Scholars Initiative, arrancó en 2019 junto a la Asociación Estadounidense de Colegios Comunitarios con un millón de dólares repartido entre diez escuelas, para apoyar a estudiantes que se forman en oficios técnicos. Para 2025 ya estaba presente en setenta y cinco colegios, había recibido más de 13.5 millones de dólares y la banda había encargado a la Escuela de Políticas Públicas de la Universidad del Sur de California medir su impacto en los ingresos de los egresados. Trujillo lo resumió diciendo que el país necesita millones de trabajadores calificados en los oficios.

No hay nada partidista en eso, claro está. Financiar educación técnica, alimentar a comunidades y elegir a quién ayudar es hacer política pública desde fuera del gobierno, con dinero propio y sin necesidad de pronunciarse por ningún candidato. Es el tipo de política que Hetfield sí parece cómodo haciendo: la que se mide en becas y no en declaraciones.

El 3 de marzo de 2022, a días de la invasión rusa, esa misma fundación donó cien mil dólares a World Central Kitchen, la organización del chef José Andrés, para atender a la población ucraniana. En abril sumó otros quinientos mil para alimentar a los refugiados, con la meta de reunir un millón en dos meses mediante subastas, rifas y una playera diseñada para la causa. Fue una acción humanitaria, pero también una elección clara sobre a quién ayudar en una guerra entre dos países donde Metallica ha tocado y tiene fans.

2023: la mirada hacia adentro

Al año siguiente, 72 Seasons hizo lo contrario de …And Justice for All. Publicado el 14 de abril de 2023, el disco gira alrededor de los primeros dieciocho años de vida, esas setenta y dos estaciones en las que, según Hetfield, se forma nuestro yo verdadero o falso a partir de lo que nos dijeron que éramos. La portada, una cuna negra quemada rodeada de juguetes rotos, lo deja claro. “Screaming Suicide” nombra sin eufemismos un tema del que durante décadas se habló en voz baja; “Lux Æterna” es una carrera con el espíritu de la nueva ola del metal británico; “Too Far Gone?” pregunta si todavía hay regreso.

Es una exploración de la infancia, de las heridas que se cargan y de cómo romper con ellas, probablemente el álbum más introspectivo de su carrera y el menos interesado en lo que pasa allá afuera. Hetfield llegó a él en una etapa marcada por una nueva rehabilitación, el fin de su matrimonio y una vida pública atravesada por sus propias adicciones, y se nota. Que llegue justo antes de la frase de la Sphere tiene su lógica: la banda que en 1988 miraba CNN para escribir, hoy escribe mirándose al espejo.

De vuelta a la Sphere

Lo que Hetfield dijo el 10 de octubre tiene una palabra más interesante que “basura” o “influenciar”: agenda. Al declarar que la agenda de Metallica es amor, energía y música pesada, describió con bastante precisión la línea que la banda ha trazado durante cuatro décadas. Si se ordena todo lo anterior, aparecen tres formas de hacer política que Metallica practica sin admitirlo del todo. La primera está en las canciones: guerra, castigo, censura, religión organizada, justicia comprada, contadas casi siempre desde la víctima y nunca desde el mitin. La segunda está en los actos: testificar ante el Senado, recuperar los másters, financiar becas, alimentar refugiados, responder a una petición con un corto de osos armados. La tercera está en los silencios: dejar que “Enter Sandman” suene en Guantánamo y en la Casa Blanca, permitir que la serpiente de Gadsden cambie de dueño, aceptar el video de Vinterberg sin firmar su lectura.

Es cierto que lo que casi nunca han hecho es decirle al público por quién votar o subirse a una tribuna partidista desde el escenario. Hay una diferencia entre escribir sobre el poder y hacer campaña, y Metallica lleva cuarenta años viviendo justo en esa frontera, con Ulrich y Hammett cruzándola de vez en cuando en entrevistas y Hetfield negándose a dar un paso al otro lado, aunque su vida fuera del escenario, entre rifles, osos y la NRA, diga bastante por sí misma. Se puede discutir si esa frontera existe o si es una forma cómoda de no perder público. Lo que no se puede discutir es que la han defendido con una coherencia que pocas bandas de su tamaño han sostenido.

Quedan todavía veintitantas noches de Life Burns Faster, con la promesa de no repetir canciones entre jueves y sábado de cada fin de semana. Si en alguna de ellas, bajo la pantalla LED más grande del mundo, suena “One”, el público va a escuchar siete minutos y medio sobre un soldado mutilado, escritos a partir de la novela de un hombre encarcelado por sus ideas, de una película que hoy pertenece a la banda. Hetfield no va a tener que decir una sola palabra entre canciones. Nunca ha hecho falta.