La primera vez que escuché ‘Requiem For A Village’ lo hice de noche, con audífonos y sin saber mucho más que el título, y a los diez minutos ya estaba revisando que las ventanas estuvieran cerradas. No es una exageración retórica. Steven Wilson hizo un disco que da miedo, no por volumen ni por gritos, sino por la sensación constante de que algo no está bien en el lugar que describe, y eso es mucho más difícil de lograr con música que con imágenes. Después de varios días dándole vueltas, creo que es su trabajo más extraño, más arriesgado y, para mí, el más disfrutable desde ‘Hand. Cannot. Erase.’, y eso, viniendo de alguien que ha seguido su carrera desde los tiempos de Porcupine Tree, no lo digo a la ligera.
El cambio de rumbo es radical. Hace apenas un año, ‘The Overview’ miraba hacia el espacio profundo con dos largas suites de rock progresivo de manual, pulidas hasta el último detalle. Este noveno disco hace exactamente lo contrario: se queda en tierra, en un pueblo inventado perdido en algún rincón de las Islas Británicas, aislado de la vida moderna, donde la galería local exhibe pinturas de Stanley Spencer, la biblioteca guarda cuentos de M. R. James y Algernon Blackwood, y algo muy antiguo parece seguir respirando bajo el pasto. El título toma prestado el de una película británica de 1975, y el universo estético viene directo del folk horror de los setenta, de ‘The Wicker Man’ y de ‘Children Of The Stones’, aquella serie infantil de los setenta que el propio Wilson recuerda como un clásico absoluto y genuinamente aterrador.
Lo más interesante es cómo se hizo. Wilson grabó en su estudio casero del norte de Londres y decidió renunciar a la tecnología correctiva, a la afinación perfecta y a cualquier herramienta de inteligencia artificial, quedándose con instrumentos orgánicos, sintetizadores analógicos, afinaciones imperfectas y errores que, en lugar de borrarse, se convirtieron en nuevas direcciones. Él mismo toca violín, oboe, flauta dulce y batería, instrumentos que no domina, y explicó que quería volver a una música en la que se escucharan las huellas digitales. Lo acompañan Randy McStine en guitarras, arpa lira, mellotron y acordeón, Russell Holzman en la batería y, como invitados, Adam Holzman en sintetizadores y Katherine Priddy en voz. Para alguien tan obsesionado con la perfección sonora como Wilson, este disco es casi una confesión.
Entre canción y canción aparece la voz de David Tennant, que narra textos escritos por Andy Partridge, de XTC. Wilson buscaba una voz escocesa o irlandesa con peso, y su primera opción era el poeta Ivor Cutler, hasta que descubrió que había muerto. Acabó llamando a Tennant después de recordar una foto en la que el actor llevaba una playera de ‘The Raven That Refused To Sing’, y Tennant grabó el texto desde otra filmación y lo devolvió en menos de un día. Tenía miedo de que la narración sonara anticuada o teatral, y por momentos roza ese límite, pero está dosificada con mucha inteligencia y su tono, a medio camino entre un cuento de fogata y un sermón de párroco, le da al disco la textura de una película para los oídos.

‘Swirl In A Lark’s Eye’ abre con campanas, percusiones casi de conga y la voz de Tennant presentándonos el pueblo como si fuera un organismo vivo, y de ahí el disco se lanza a la canción homónima, que fue el primer sencillo y que reconozco que me desconcertó cuando salió en septiembre. Fuera de contexto parecía un descarte de Porcupine Tree. Dentro del álbum tiene todo el sentido: arranca con una lentitud inquietante, se va cargando de guitarras rasposas y termina explotando en una batería casi funk, un riff de bajo pegajoso y un solo de guitarra caótico, con un peso que en momentos me recordó al doom de Black Sabbath. Son ocho minutos en los que el pueblo deja de ser postal y se vuelve amenaza.
‘The Same River Twice’ baja la intensidad con guitarras espectrales, una voz melancólica y cuerdas que giran alrededor como niebla, y ‘Now Departing’ es, para mí, uno de los puntos más altos del disco. Arranca con un piano que va creciendo, tiene una melodía sincopada y cambia de humor varias veces en siete minutos, y es de las pocas canciones donde se escucha claramente al Wilson de Porcupine Tree, pesado y progresivo, aunque filtrado por la atmósfera rara del resto del álbum. Después llega ‘Hiraeth’, un instrumental breve y precioso de piano y guitarra cuyo título, una palabra galesa para una nostalgia que no tiene traducción exacta, resume mejor que cualquier otra cosa el ánimo de todo el disco.
‘On Chapel Slope’, el segundo sencillo, es la canción que más se me ha quedado en la cabeza, y no siempre de forma agradable. Empieza con una voz brillante, casi luminosa, y a mitad de camino cae en un pasaje siniestro con un canto colectivo que suena a procesión demoníaca y guitarras twang que parecen salidas de un western maldito. Es la clase de cambio que en otro disco me parecería un truco, pero aquí funciona porque todo el álbum está construido sobre esa idea de que la belleza del campo esconde algo podrido.
‘Murmuration’ es el corazón del disco y su momento más hermoso. Es una pieza mayormente acústica, de siete minutos, con guitarras punteadas, mellotron que crece en oleadas y la voz de Katherine Priddy entrelazándose con la de Wilson, y aun así nunca deja de sentirse una amenaza de fondo, como si las aves de las que habla el título estuvieran a punto de formar una figura que no queremos ver. Es hipnótica, y es una de esas canciones donde la decisión de grabar con imperfecciones se justifica por completo, porque esos pequeños desajustes la hacen sonar humana y frágil.
‘Cursus Fingerprint’, cuyo título parece aludir a esos antiguos monumentos neolíticos de tierra que salpican el paisaje británico, es una pieza breve de tensión, puntuada por un tom de batería que golpea como un corazón. ‘A Basket Of Bees’ es la más setentera del álbum, con un groove en 7/8 que remite a Jethro Tull, Caravan y Mike Oldfield, y una construcción que va de lo apacible a lo frenético, con una ferocidad rítmica cercana a King Crimson que por momentos se vuelve casi caricaturesca. ‘Great Green Map’ empieza como un vals delicado de piano, con un malestar latente debajo, y crece hasta llenarse de coros superpuestos.
Y entonces ‘Wheel’ sacude todo. Es la canción más pesada y enérgica del disco, con riffs rápidos y con groove, un diálogo tenso entre el bajo y la guitarra, un solo largo y una batería de Holzman llena de estilo, y es probablemente mi favorita. Mi única queja es de orden: llega tarde. Después de una primera mitad magnífica pero muy contenida, hay un tramo en el centro donde el disco pide a gritos una sacudida como esta, y cuando por fin aparece ya estamos cerca del final. El cierre, ‘The Old God Is Buried’, son dos minutos de campanas, acordes discordantes, voces que resuenan como ecos y cantos colectivos que suenan a ritual, y dejan el disco suspendido en una pesadilla en lugar de resolverlo.
No es un álbum fácil, y creo que es importante decirlo. Necesité varias escuchas para entrar en él, el sencillo principal puede alejar a más de uno en la primera vuelta, y hay partes deliberadamente oscuras, enterradas en la mezcla o tocadas fuera de afinación, que pueden sonar descuidadas a quien espera la pulcritud habitual de Wilson. Su falsete sigue apareciendo, aunque aquí lo usa con más medida y mejor criterio que en otros discos, y en general su manera de cantar es más contenida, más susurrada, algo que me parece un acierto total para este material.
Wilson estuvo en México hace apenas un año, con la gira de ‘The Overview’, que pasó por el Auditorio Telmex de Guadalajara el 13 de octubre de 2025 y por el Pepsi Center WTC de la Ciudad de México al día siguiente. Por ahora, lo único que se ha escuchado de este material en vivo fueron las dos noches con boletos agotados en el Royal Albert Hall de Londres, el 28 y 29 de octubre, donde Wilson estrenó canciones nuevas junto a arreglos orquestales de ‘The Overview’ con la Parallax Orchestra y el coro SANSARA, y no hay una gira anunciada para presentar el disco. Me cuesta imaginar cómo va a llevar al escenario un álbum tan íntimo y tan dependiente de la narración, pero si alguien sabe convertir un estudio casero en un espectáculo, es él.
‘Requiem For A Village’ es un disco que hay que habitar más que escuchar, una película de terror rural sin imágenes en la que cada detalle, una campana, un error de afinación, un canto lejano, termina formando parte del paisaje. Wilson lleva años cambiando de piel y no todas sus transformaciones me han convencido, pero esta tiene una coherencia, una audacia y una belleza inquietante que hacía mucho no le escuchaba. ‘Requiem For A Village’, ‘Now Departing’, ‘Murmuration’ y ‘Wheel’ son de lo mejor que ha escrito en una década, y aunque el álbum pide paciencia y un poco de valor, lo devuelve con creces.





