Mike Patton y Mondo Cane en el Cervantino: de Italia al Pípila con escala en Juan Gabriel [Galería]

Dos días después de presentarse en Bellas Artes, Mike Patton llevó Mondo Cane a la Alhóndiga de Granaditas para inaugurar el Festival Internacional Cervantino. El repertorio era familiar, pero el contexto convirtió el concierto en otra cosa: menos ceremonia, más calle y un Patton encantado de descubrir hasta dónde podía estirar su relación con México.

El Palacio de Bellas Artes y la Alhóndiga de Granaditas están separados por algo más que unos cientos de kilómetros. Dos noches después de presentar Mondo Cane en uno de los escenarios más solemnes del país, Mike Patton apareció frente a miles de personas en Guanajuato con prácticamente la misma maquinaria musical, pero dentro de un ambiente que tenía muy poco que ver con el silencio de una sala de conciertos. Era sábado, comenzaba oficialmente la edición 54 del Festival Internacional Cervantino, las calles del centro estaban llenas desde horas antes y la amenaza de lluvia de los días previos había dado paso a una noche bastante más amable para un espectáculo al aire libre. El cambio de escenario terminó beneficiando a un proyecto que, pese a toda su sofisticación, siempre ha funcionado mejor cuando se le permite ensuciar un poco los bordes.

La explanada de la Alhóndiga de Granaditas estaba llena desde antes del concierto y el escenario, bañado inicialmente en rojo, fue recibiendo uno a uno a los músicos hasta que la tercera llamada dio entrada a Patton. Mondo Cane conserva esa apariencia de gran espectáculo orquestal que podría intimidar a cualquiera que sólo conozca al cantante por Faith No More o Mr. Bungle: cuerdas, metales, percusiones, teclados, guitarras y voces repartidos en una formación enorme, todos trabajando sobre canciones italianas que tienen más de medio siglo de historia. Sin embargo, bastaron unos minutos para que la formalidad quedara reducida al tamaño justo, en buena medida porque Patton parecía mucho más interesado en conversar con Guanajuato que en interpretar el papel de gran cantante invitado a un festival cultural.

El repertorio recuperó buena parte del viaje italiano que había pasado por Bellas Artes apenas dos noches antes, con canciones como “Il cielo in una stanza”, “Che notte!”, “Urlo Negro”, “Deep Down”, “Lontano lontano” y “Senza fine” repartidas dentro de una producción que sigue demostrando por qué Mondo Cane es mucho más que Patton jugando a ser crooner. En estas canciones no existe una orquesta añadida posteriormente para hacerlas parecer importantes; la orquestación es el corazón mismo del proyecto y permite que melodías nacidas en otra época puedan sonar voluptuosas, estridentes, románticas o incluso amenazantes sin perder su identidad original.

La Alhóndiga aportó además algo que Bellas Artes no podía ofrecer: aire, ruido, movimiento y una pared monumental devolviendo la música hacia una multitud que no tenía ninguna obligación de comportarse como público de teatro. Las cuerdas podían estar ejecutando un pasaje con absoluta precisión mientras Patton hacía uno de sus cambios bruscos de registro y alguien varios metros atrás bailaba una canción italiana cuya letra probablemente no entendía. La Jornada incluso registró a una asistente coreando y bailando cada pieza, una imagen bastante útil para explicar cómo un repertorio que en principio podría parecer especializado terminó encontrando público dentro de una inauguración multitudinaria.

Patton también parecía decidido a disfrutar la geografía. En algún momento soltó un “¡Órale, Guanajuato!”, dedicó una canción al Pípila y sostuvo con su director musical un intercambio cuya elegancia estuvo a la altura de sus años dentro del rock: “¿Otra, cabrón?”, preguntó Patton; “¡A huevo!”, recibió como respuesta. Hubo incluso un “No mames, güey” perdido entre sus intentos por comunicarse con la audiencia, demostrando que su español quizá no esté listo para impartir una conferencia en la Academia Mexicana de la Lengua, pero sí para sobrevivir perfectamente una noche de sábado en Guanajuato.

Mike Patton en el Cervantino — Jesus Ugalde / Summa Inferno
Mike Patton en el Cervantino — Jesus Ugalde / Summa Inferno

El atuendo también había cambiado respecto de Bellas Artes. Patton apareció con una camisa cubierta de catrines, calacas y flores de cempasúchil, una referencia bastante evidente al Día de Muertos que habría podido caer fácilmente en el terreno del souvenir para turistas si el resto del concierto no mostrara ya cuánto se había involucrado con el repertorio mexicano preparado para estas fechas. Cuando llegó “La Llorona”, vinculada inevitablemente con Chavela Vargas, la elección dejó de parecer un guiño decorativo y encontró una conexión mucho más interesante con el carácter teatral y oscuro que Mondo Cane puede adoptar cuando abandona por un momento el romanticismo italiano.

Había, además, una diferencia importante respecto a lo ocurrido dos noches antes. En Bellas Artes, escuchar estas canciones dentro de una sala cargada de historia producía un contraste casi elegante entre la arquitectura, la orquesta y el currículum particularmente poco respetable de Patton. En Guanajuato, ese contraste desaparecía porque el Cervantino lleva décadas acostumbrado a que lenguajes, países y públicos distintos terminen chocando en las mismas calles. Un estadounidense obsesionado con canciones italianas antiguas, acompañado por músicos de distintas procedencias y dispuesto a cerrar con bolero y mariachi mexicano no parecía una anomalía dentro del festival; parecía una descripción bastante razonable de lo que debería ocurrir en su noche inaugural.

El Mariachi Gama Mil terminó de abrir esa puerta durante la parte final. “Luz de luna”, de Álvaro Carrillo, volvió a demostrar que Patton no necesita fingir ser un intérprete tradicional mexicano para entender qué hace funcionar una melodía de ese tamaño. Su voz puede cargarla desde otro lugar, con una pronunciación evidentemente extranjera y un dramatismo que pertenece más a su propio universo que al bolero clásico, mientras el mariachi proporciona el lenguaje que evita que la canción pierda sus raíces. La combinación funciona precisamente porque nadie intenta ocultar que se trata de músicos provenientes de mundos diferentes encontrándose durante unos minutos.

Con “Hasta que te conocí”, la discusión sobre géneros dejó de tener demasiado sentido. Las primeras notas del mariachi provocaron una reacción inmediata y la explanada terminó cantando a Juan Gabriel junto a Patton, como ya había ocurrido en Bellas Artes pero con una diferencia fundamental: aquí no había butacas ni una sala imponiendo distancia. La Alhóndiga respondió como un espacio abierto lleno de gente que había llegado para inaugurar el Cervantino y que de pronto se encontró bailando una canción que prácticamente forma parte del ADN popular mexicano, interpretada por el mismo sujeto que durante décadas ha producido algunas de las decisiones musicales menos previsibles del rock estadounidense.

Resulta tentador describir todo esto como otra prueba de la famosa versatilidad de Mike Patton, aunque a estas alturas esa palabra sirve poco para explicar por qué funciona. Saber cantar muchos estilos no garantiza tener buen gusto al mezclarlos, y Mondo Cane sobrevive porque detrás de la extravagancia existe una comprensión bastante seria de las canciones. Patton puede divertirse con ellas, deformar ciertas inflexiones y colocar su propia personalidad en medio, pero rara vez se comporta como si estuviera por encima del material. La orquesta tampoco toca estas piezas con distancia académica; en Guanajuato las cuerdas se movían con la música, los arreglos conservaban el dramatismo original y el conjunto podía pasar del pop italiano al rock, al ruido y al bolero sin convertir el espectáculo en un catálogo de géneros.

La elección de Mondo Cane para inaugurar el Cervantino terminó resultando mucho más acertada de lo que podría parecer al leer el programa. La edición 54 reúne a miles de artistas de decenas de países y está construida alrededor de intercambios que difícilmente caben dentro de una sola tradición, así que empezar con un músico estadounidense reinterpretando canciones italianas antes de encontrarse con Chavela Vargas, Álvaro Carrillo y Juan Gabriel era casi demasiado apropiado. El propio festival informó que miles de asistentes se reunieron en la Alhóndiga para el concierto inaugural, mientras que las calles de Guanajuato estuvieron dominadas durante el fin de semana por una audiencia particularmente joven.

Bellas Artes había mostrado dos noches antes la versión más elegante e íntima de este repertorio; Guanajuato permitió que respirara de otra manera. Las paredes de la Alhóndiga devolvieron canciones italianas escritas décadas atrás a una explanada llena de gente, Patton pudo abandonar cualquier vestigio de protocolo para bromear con el público y el tramo mexicano dejó de sentirse como una sorpresa preparada para el encore para convertirse en parte de una celebración mucho más amplia. Entre “Il cielo in una stanza” y “Hasta que te conocí” hay una distancia musical y geográfica considerable, pero durante aproximadamente hora y media Mondo Cane consiguió recorrerla sin necesidad de explicar demasiado el mapa.

Quizá por eso la imagen que mejor resume la noche no sea la de Patton demostrando hasta dónde alcanza su voz ni la de una enorme orquesta instalada frente a un monumento histórico, sino la de la Alhóndiga cantando a Juan Gabriel mientras un tipo nacido en California, vestido con calacas y cempasúchil y acompañado por un mariachi, parecía perfectamente cómodo en medio de todo aquello. Para alguien que ha construido buena parte de su carrera entrando en lugares musicales donde teóricamente no debería estar, inaugurar así el Cervantino resultó bastante apropiado.