Veintisiete años después de Hellbilly Deluxe y casi cinco desde The Lunar Injection Kool Aid Eclipse Conspiracy, Rob Zombie regresa con The Great Satan, su octavo álbum de estudio, y lo hace como un maestro del shock rock que decide abrazar sus raíces hellbilly con descaro y fuerza renovada. El disco no se esfuerza por reinventar el sonido de Zombie, sino por celebrar con convicción lo que él mejor sabe hacer: riffs gruesos, actitud punk metálica, industrial crudo y un imaginario visual y sonoro que se siente más cinematográfico que nunca.
Desde el arranque con “F.T.W. 84”, el álbum planta bandera con contundencia: guitarras afiladas, una percusión sólida y la presencia vocal inconfundible de Zombie liderando una fiesta sonora pensada para el caos controlado. No es una introducción sutil, sino una declaración directa de intenciones: aquí no hay medias tintas.
“Tarantula” sigue con esa energía eléctrica, balanceando groove con un tono claramente inspirado en el horror punk que define a Zombie desde los albores de su carrera. La combinación de riffs densos con atmósferas casi bailable hace que el tema funcione tanto en estudio como en directo. En esa misma línea, “(I’m a) Rock ‘N’ Roller” juega con la tradición del rock clásico desde una óptica turbia y distorsionada, mientras “Heathen Days” pone el acelerador con un punk-metal lleno de furia y actitud, recordando por qué Zombie siempre ha sido parte del músculo más visceral del metal industrial.
“Who Am I” y “Black Rat Coffin” profundizan en la oscuridad sin perder ritmo: el primero con un tono más introspectivo dentro del caos, el segundo como un golpe sónico más crudo y directo. La teatralidad vuelve a tomar protagonismo con “Sir Lord Acid Wolfman”, un título que anuncia sin vergüenza su tono grotesco y casi paródico del horror rock.

El single principal, “Punks And Demons”, es el corazón del álbum en muchos sentidos: un tema que recoge la esencia punk-heavy-metal de Zombie con coros anthemic y riffs inflexibles, capaz de conectar con el pasado sin sonar repetitivo. Su energía visceral se siente como un puente entre lo que Zombie fue y lo que todavía puede ofrecer. “The Devilman” y “Out Of Sight” continúan subiendo la apuesta con un enfoque más agresivo y menos preocupado por “pulir” sus aristas.
En la parte media-final, “Revolution Motherfuckers” es un grito de guerra sin filtros, mientras “Welcome To The Electric Age” y “The Black Scorpion” alternan texturas que llevan desde lo siniestro hasta lo descaradamente bailable dentro del marco heavy. “Unclean Animals” y “Grave Discontent” cierran con una mezcla de pesadez atmosférica y drama que sintetiza la dualidad del álbum: brutalidad y espectáculo.
Lo interesante de The Great Satan no es solo que suena a Rob Zombie haciendo lo suyo—es que lo hace sin excusas ni concesiones, pero también con una frescura que evita sentirse como un simple reciclaje. Algunas transiciones entre canciones pueden ser abruptas para el oyente casual, y a veces la densidad temática puede sentirse saturada, pero precisamente ahí radica su encanto: este no es un disco diseñado para gustar a todos, sino para sumergirte de lleno en un mundo macabro, teatral y potente.








