My Chemical Romance no es solo una banda.
Es una época.
Es un estilo de vida.
Es el refugio al que volvimos cuando el mundo no nos entendía.
El 10 de febrero de 2026 quedó tatuado en la memoria de más de 55 mil almas que asistieron al Vive Claro de Bogotá, recordándonos que no fuimos a un concierto… Fuimos a cerrar heridas del pasado.
La banda de Nueva Jersey pisó por primera vez tierras colombianas trayendo consigo un espectáculo que ha marcado generaciones, desatado controversias y, sobre todo, salvado vidas en silencio. Lo que se vivió esa noche no fue música en vivo: fue un encuentro con nuestro pasado, con esa versión adolescente que luchaba por encajar y encontró en MCR la fuerza para resistir.
Desde días antes la ciudad se sentía distinta. Había una energía en el aire, como la antesala de una cita que llevas esperando toda la vida. La Bogotá fría, impredecible e intensa parecía entender que algo grande estaba por suceder.
Llovió durante un par de horas, pero lejos de opacar el día fue como si la naturaleza estuviera limpiando el escenario para el reencuentro. Desde temprano, bajo el frío capitalino, cientos de fans hacían fila. No era solo por un buen lugar: era por estar lo más cerca posible de la banda que nos sostuvo en nuestros momentos más oscuros.
A las 4:00 p.m. se abrieron las puertas del Vive Claro y comenzó oficialmente la cuenta regresiva para lo que muchos esperamos más de dos décadas. Colombia no solo recibiría a My Chemical Romance: recibiría una deuda emocional pendiente.
The Hives: el fuego que encendió la noche
A las 7:30 p.m., la banda sueca The Hives tomó el escenario con su inconfundible elegancia monocromática y una energía imposible de ignorar.
Las nubes amenazaban, pero cuando comenzaron a tocar, la lluvia dejó de importar. Con más de nueve canciones demostraron por qué son reyes de los grandes escenarios.
“The Hives suenan más fuerte”, gritaba Howlin’ Pelle en un español casi perfecto mientras el Vive Claro respondía con saltos, gritos y una ovación merecida. Fueron la chispa perfecta para preparar el terreno de lo que estaba por venir.

El momento que marcó generaciones…
Y entonces llegó el turno de ellos. Un acto teatral abrió la noche, como si nos prepararan para entrar a una obra que llevaba años escribiéndose en nuestros corazones. Cuando sonaron los primeros acordes de “The End.” seguidos por “Dead!” y “This Is How I Disappear”, el recinto entero entendió que no había marcha atrás: estábamos dentro.
Pero el punto de quiebre fue “Welcome to the Black Parade”. 55 mil voces cantando al unísono. Miles de historias distintas, un mismo sentimiento. Había lágrimas, abrazos y personas de más de 40 años reviviendo la banda sonora de su juventud.
Cuando sonaron “Cancer” y “Famous Last Words”, el Vive Claro dejó de ser un lugar para convertirse en terapia colectiva. Esa música que nos enseñó que no estábamos solos, que ser diferentes no era un error sino una identidad. Gritamos cada palabra como si fuera una promesa renovada.
La noche avanzaba entre mosh pits, sonrisas, nostalgia y celebración. Personas de distintas edades y nacionalidades compartían algo más grande que un gusto musical: compartían una historia. “I’m Not Okay (I Promise)” fue un grito liberador.
Cuando el estadio se iluminó con las linternas de los celulares durante “The Ghost of You”, el momento se volvió casi sagrado. “Na Na Na” desató la euforia.
Gerard Way habló de Colombia como un lugar hermoso y expresó cuánto había esperado este encuentro. Y nosotros también lo habíamos esperado por más de 18 años.
Este show no fue solo parte de un tour: fue cerrar capítulos, sanar heridas y confirmar que aquella versión adolescente que se refugiaba en su habitación escuchando MCR hoy puede mirar atrás y decir: sobrevivimos.

Un antes y un después
La producción estuvo a la altura de la historia que representa la banda: un espectáculo visual imponente, cuidado en cada detalle, que elevó la experiencia a otro nivel.
My Chemical Romance marcó un antes y un después en nuestras vidas.
Y esa noche, en Bogotá, sellamos un pacto que no termina aquí.
Porque esto no fue el final. Fue el comienzo.
Por Enma C. Porras






