Que Megadeth haya decidido titular su álbum de 2026 con su propio nombre no es un gesto menor. No se siente como nostalgia automática ni como simple homenaje al pasado, sino como una afirmación consciente: este disco representa lo que la banda es hoy. Megadeth no intenta competir con sus clásicos ni demostrar que todavía puede ser más rápido o más feroz que antes; su intención es otra: sonar fiel, sólido y plenamente consciente de su legado.
El álbum arranca con “Tipping Point”, un tema que establece inmediatamente el terreno. El riff es directo, el ritmo firme y la estructura clásica, sin rodeos. No sorprende, pero cumple su función como carta de presentación: Megadeth sigue entendiendo el thrash desde la precisión y el control. Esa misma lógica se mantiene en “I Don’t Care”, una canción de actitud frontal, diseñada para avanzar sin distracciones, y en “Hey, God?!”, que añade un tono más tenso y confrontacional, tanto musical como líricamente.
Uno de los momentos más explícitos del disco llega con “Let There Be Shred”, un título que no oculta su intención. Es un tema construido para poner la guitarra al frente, con solos claros y una energía que apela directamente al ADN histórico de la banda. No es el corte más complejo del álbum, pero sí uno de los más conscientes de su lugar dentro del discurso general: recordar que Megadeth sigue siendo, ante todo, una banda de riffs.

La producción del disco es limpia y moderna, favoreciendo la claridad por encima de la crudeza. Esto se nota en canciones como “Puppet Parade”, que destaca por su gancho melódico y una estructura más accesible, y “Another Bad Day”, sólida pero también representativa del costado más conservador del álbum. Aquí aparece uno de los dilemas del disco: muchas canciones funcionan bien, pero pocas se sienten realmente imprescindibles.
“Made To Kill” recupera algo de agresividad y empuje, mientras que “Obey The Call” vuelve a poner el foco en el discurso lírico clásico de Dave Mustaine: confrontacional, paranoico y crítico. Es un tema que refuerza la identidad de la banda, aunque también puede sentirse reiterativo para quienes ya conocen bien ese lenguaje. “I Am War” continúa esa línea, apostando por impacto directo más que por desarrollo.
El cierre con “The Last Note” es uno de los aciertos del álbum. No es una balada ni un final épico forzado, sino un tema con peso y sensación de conclusión real. Y luego aparece el elemento que añade una capa extra de lectura al disco: la versión de Megadeth de “Ride The Lightning” como bonus track. Lejos de ser un simple añadido, funciona como un epílogo cargado de simbolismo. Escuchar a Mustaine reinterpretar una canción que escribió antes de Megadeth, ahora desde este punto de su carrera, convierte el bonus en un diálogo directo con el origen de todo. No redefine el álbum, pero sí refuerza su carácter retrospectivo y consciente.
En conjunto, Megadeth (2026) es un disco honesto, bien ejecutado y claramente conservador. Su mayor fortaleza es la coherencia; su mayor limitación, la falta de riesgo. No busca sorprender ni romper moldes, pero tampoco traiciona su identidad. Es un álbum que se sostiene por oficio, claridad y respeto por su propia historia..






