Con Empty Hands, Poppy entrega uno de los discos más cohesionados y, al mismo tiempo, más incómodos de su carrera. No por exceso de experimentación, sino por una decisión clara: sostener la tensión emocional y sonora de principio a fin. Es un álbum que no busca agradar ni suavizar sus contrastes; prefiere incomodar, insistir y confrontar, incluso cuando eso implica renunciar a la inmediatez.
El arranque con “Public Domain” deja claras las reglas del juego. Industrial, denso y mecánico, funciona como una declaración de intenciones más que como un simple inicio. No hay gancho fácil ni concesiones melódicas inmediatas. Ese tono se refuerza con “Bruised Sky”, uno de los cortes más contundentes del disco, donde las guitarras cargadas y la voz oscilan entre fragilidad y agresión sin buscar equilibrio cómodo.
“Guardian” aparece como uno de los puntos de acceso más claros del álbum. Tiene estructura reconocible, groove marcado y un estribillo que se queda, sin perder el filo. En contraste, “Unravel” empuja de nuevo hacia la ruptura, combinando electrónica y metal con una sensación de colapso emocional que resume bien el espíritu del disco: nada aquí pretende ser estable.
La mitad del álbum mantiene esa presión constante. “Dying to Forget” y “Time Will Tell” exploran la introspección desde ángulos distintos: la primera más directa y abrasiva, la segunda más expansiva y contenida. No son canciones diseñadas para destacar de inmediato, pero sí para sostener el arco emocional del disco. “Eat the Hate” retoma una actitud desafiante y casi provocadora, con un ritmo cortante que refuerza el carácter confrontacional del álbum.

En la segunda mitad, Empty Hands se permite matices sin bajar la intensidad. “If We’re Following the Light” introduce una pausa relativa, más atmosférica, que sirve como contraste sin romper la coherencia. “Ribs” recupera tensión desde un enfoque más melódico, casi cinematográfico, preparando el terreno para el cierre.
La canción que da título al álbum, “Empty Hands”, funciona como síntesis conceptual. No es un final explosivo, sino uno cargado de resignación y desafío a partes iguales. Es ahí donde el disco cobra sentido completo: no se trata de catarsis, sino de exposición. Poppy no ofrece respuestas ni alivio, solo un estado emocional sostenido.
En conjunto, Empty Hands es un álbum exigente. Su mayor virtud —la intensidad constante— es también su mayor riesgo. No todos los temas se fijan con la misma fuerza y el disco puede sentirse denso en escuchas completas. Sin embargo, hay una identidad clara, una producción precisa y una narrativa emocional coherente que lo convierten en uno de los trabajos más firmes de su etapa reciente.









