Amo mi iPod. No faltará quien piense, al leer estas líneas iniciales, que la compañía de la manzanita me pasa una lana por hacerle menciones a su producto más famoso. Bueno fuera. Nada más alejado de la verdad -Quisiera que me pagaran… pero no lo hacen-. Aún así, insisto: Amo mi iPod. No hay mejor sensación en este mundo que llevar en el bolsillo tu biblioteca musical completita: Miles y miles de canciones, cientos y cientos de discos, de todos los géneros habidos y por haber, para satisfacer el antojo musical más repentino. Canciones para todo tipo de mood, para todo tipo de actividad, para hacer más placentero cualquier trayecto y cualquier espera. De Anthrax a ZZ Top. Ah, divina música digital: Un milagro de la tecnología y prácticamente una bendición para aquellos que no podemos vivir sin escucharla todo el tiempo.

“Exageras, no es para tanto”, exclamará más de un lector joven, alguien que nació cuando la música digital era ya una herramienta de uso común, sin recordar que apenas hace 15 años no existían los iPods y que apenas hace 17 años sólo un puñado de personas conocía la música digital. Actualmente, casi cualquier canción que desees está disponible, gracias a una infinidad de métodos –algunos legales, otros no tanto- y accesible en cuestión de minutos. Pero antes coleccionar música era una odisea que implicaba levantar el trasero de la silla y desplazarte hasta una tienda de discos –en el mejor de los casos- o recorrer algún lugar como el tianguis del chopo, rogándole a los dioses del rock encontrar ese disco raro o esa edición importada que tanto deseabas. Y si coleccionar música era un odisea, llevarla en la calle era una experiencia casi Dantesca.

En 1972 Andreas Pavel inventa el Stereobelt, el primer “estéreo personal toca-cassettes” de la historia. Pero esta maravilla de invención, sin embargo, no llegó a las masas hasta que ese gigante llamado Sony comenzó a comercializarlo a principios de los ochenta, no sin antes cambiarle el nombre. Decidieron llamarlo “Walkman” y al lanzarlo, cambiaron para siempre la historia y sobre todo, cambiaron la manera en la que la gente escuchaba música. Gracias al Walkman, la música salió de los confines de las casas y locales y tomó por asalto las calles. A la distancia el Walkman podrá parecerles un artilugio de la edad media, pero la realidad es que poseer uno era una sensación maravillosa. Y también lo era comprar tus cassettes originales y coleccionarlos. Pero lo mejor era hacer tus propias cintas. Sólo quien haya compilado sus propios cassettes puede recordar esa sensación de poder creativo que te daba poder escoger la música que más te gustaba, o pasarte horas enteras la noche anterior grabando una cinta con lo mejor del metal, para irte a la escuela el siguiente día escuchándola. Aunque también, sólo quien haya tenido un walkman puede recordar el desmadre que era regresarte a la primer canción cuando ya ibas al final; en este 2014, escoger la canción que quieres requiere sólo un par de segundos, pero en esa época, requería regresar la cinta completa, con el riesgo de acabarte la pila en el proceso; o si querías ahorrar pilas, rebobinar la cinta… con una pluma.

Luego, casi rayando los noventa, llegó el Compact Disc, y junto con este llegó el Discman. Debido a que costaban una buena lana, tener uno era un símbolo de status, y quienes lo poseíamos mirábamos con sorna y desprecio a quienes todavía escuchaban música en cassette. Aunque la realidad es que las desventajas de un Discman eran bastante significativas. Para empezar, tenías que cargar tus CDs para todos lados, y mientras que los cassettes eran bastante resistentes, los CDs eran bastante nenas, y si no se rayaban se rompían; En segundo lugar, estaba nuevamente la situación de las baterías, ya que el muy desgraciado consumía pilas como si fueran dulces. Pero el aspecto más negativo de un discman era que el aparato era tan delicado, que hasta el más mínimo movimiento hacía que la canción se saltara. Mientras que con un walkman podías brincar en un trampolín y no pasaba nada, con un discman tenías que caminar por la calle sosteniéndolo como si llevaras una charola con sopa caliente para que el señorito no se agitara y no se brincara el track.

Como pueden notar, las desventajas de los reproductores portátiles eran innumerables. Pero todos los sacrificios y todas las molestias valían la pena, en el momento en el que salías de la prepa, te ponías los audífonos y comenzaba a sonar Metallica, a todo volumen, solo para ti, haciendo que el mundo desapareciera por completo.

El primer modelo de iPod salió en 2001. Pero yo no adquirí el mío hasta el 2005. Un iPod classic 5G en ese entonces conocido como iPod video, negro, con 30 Gigas de capacidad. Llegué a casa y lo destapé con total reverencia… y fue amor a primera vista. Lo conecté a la computadora y comencé a cargarle música. Por supuesto, el primer álbum que le cargué fue el Herzeleid de Rammstein. Una vez que le hube cargado los cuatro discos de Rammstein que en ese entonces existían, me seguí con KISS, Metallica, Guns n’ Roses, The Cure y decenas de bandas más. Hoy tengo un iPod touch de quinta generación de 64gb y es mi más fiel compañero. Sí, me permite tomar fotos, navegar en internet, usar mis redes sociales y mantenerme comunicado…

Pero todo eso es secundario; su principal función es poner todo un universo musical al alcance de mis dedos. Darme el poder de escoger el soundtrack de mi vida.

Por eso lo amo. Porque es la puerta a un mundo alterno en el que yo soy el único amo y señor… y la música es mi reino.BARENHOHLE_temporal