Quien firma estas líneas es un gran fan de Metallica. Los oriundos de California ocupan un lugar prominente en el top cinco de mis bandas favoritas de todos los tiempos. He presenciado varios de sus shows en tierras aztecas, e incluso he llegado a considerar seriamente tatuarme uno de sus últimos logos –el que los fans conocemos como la “estrella ninja”-. Y a pesar de todo esto, puedo confesar sin empacho ni pena alguna, que antes de 1993, no tenía ni puta idea de quien era Metallica.

Así es. Yo conocí a Metallica a través de su álbum homónimo, el famoso “Black Album”. Lo adquirí por ahí de 1992, y lo disfrutaba enormidades cada vez que lo escuchaba -particularmente por “Enter Sandman”, “Sad but true” y “Wherever I may Roam”-, pero nada más. Un año después, me invitaron a verlos en vivo en el palacio de los deportes… y fue amor a primera vista ¿La fecha? 26 de Febrero del 93. Desde que comenzó a sonar esa joya llamada “The Ecstasy Of Gold” de Morricone, ya presentía que mi vida estaba a punto de cambiar –después de todo, para un cinéfilo de corazón como su servidor, abrir un show de rock con esa pieza musical era un magnífico preludio-. Metallica abordó el escenario… y efectivamente, tal y como lo sospechaba, después de verlos en vivo, mi vida cambió y me volví su fan. Adquirí sus primeros trabajos, comencé a escucharlos detenidamente, una y otra vez, comencé a comprar videos, conciertos, playeras. Y a 21 años de distancia, sigo siendo de sus más grandes fans.

“¿Y a qué viene todo esto?” Se preguntará alguien, seguramente. Pues resulta, que a lo largo de los años, he tenido que soportar innumerables veces el escarnio y los comentarios malintencionados de “conocedores” que argumentan que comencé a escuchar a Metallica en “su peor época”, en “su peor disco”, cuando ya “se habían vendido”.

Perdóneme usted el exabrupto, querido lector, pero eso es una total y absoluta estupidez.

Es un caso bastante extraño, pero en todas las subcorrientes de ese dragón de mil cabezas llamado “Rock”, existe siempre un pequeño grupo de fans, que se erigen en jueces y orgullosos rechazan los trabajos más exitosos de una banda, jactándose de haberlos conocido cuando no eran famosos, cuando eran underground, cuando eran parte de una disquera independiente y realizaban conciertos en locales para sólo unos cientos de personas. Tal pareciera que a estas personas les molestase el éxito de una agrupación, y cual novias celosas, quieren tenerlos para ellos solos. Basta con que un grupo firme con una disquera grande, comience a tener videos en rotación en MTV, o experimente con su sonido, para que dejen de escucharlo. Y justifican su ignorancia y sus enormes prejuicios con una de las frases más imbéciles del vocabulario rockero: “Ya se volvieron comerciales”.

¿Por qué le causa tanto escozor a cierto sector de la fanaticada rockera que una banda alcance el éxito mediático y monetario? Todas las bandas de rock –aquellas que lo son profesionalmente- son comerciales; es decir, su música, su imagen, sus discos, sus conciertos, son un producto que tiene como objetivo una remuneración económica; Rage Against The Machine era una de las agrupaciones más políticas que han existido en la historia del rock… pero aún así cobraban por entrar a sus conciertos; Nirvana era el estandarte de una generación llena de angustia y problemas existenciales, y su líder odiaba todo lo relacionado con el comercialismo y el star-system de la industria… pero no andaban por la vida regalando sus discos ¿o sí? Uno de los trabajos de System of a Down se llama “Róbate este álbum” ¿Y si tanto interés tenían en que los escucharan, porque no mejor dijeron “te regalamos este álbum”? Pearl Jam libró durante años una batalla encarnizada con Ticketmaster por el precio excesivo de los boletos… ¿No hubiera sido más sencillo que dieran entonces shows gratis? La triste realidad es que si no hay dinero de por medio, la maquinaria no puede funcionar; Por algo se llama “Show Business” – O chou bisnes, si no son bilingües-: Sin “bisnes”, no hay Show.

Por otra parte, el éxito comercial de una banda muy pocas veces tiene que ver con un demérito en su calidad musical. El tan criticado “álbum negro” de Metallica es una obra de arte, el perfecto maridaje entre un estilo musical más accesible y cercano a las masas, y el poderoso espíritu metalero que siempre los ha caracterizado. Sí, contiene baladas y canciones lentas, armoniosas y reflexivas; eso se llama experimentación; se llama diversidad; se llama eclecticismo, la exploración de diversos estilos en la búsqueda de la identidad propia y como una manera de expresión artística. No todo en la vida pueden ser tamborazos para darle gusto a los amantes del slam.

Finalmente, tener más dinero representa adicionalmente, mejores producciones, estudios más grandes y productores reconocidos y más experimentados; representa además por supuesto, enormes shows en arenas y estadios, con un sonido impecable, y con escenarios monstruosos, llenos de increíbles efectos especiales, fuego, pirotecnia, lásers y pantallas gigantes. La próxima vez que Metallica se presente en nuestro país, ahí estaré, disfrutando de un show con magníficos valores de producción, en los mejores lugares del recinto, con una sobrevalorada y carísima cerveza en la mano. Y aquellos que piensan que Metallicaya se volvió comercial”, pueden esperar a que regrese Megadeth a México –vienen 4 o 5 veces por año, al parecer- e ir a verlos al quiosco de Santa María la Rivera, al estacionamiento del Walmart de Copilco, o a cualquiera de esos pequeños lugares en los que acostumbra tocar…

Que lo disfruten

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